
Al fin, Edgar ha tomado partido. Poco importa ya el testamento, menos aún la carta dirigida a Doris, falsificados ambos por mi mano con no poco esfuerzo y demasiado escrúpulo. Quise arreglar este turbio asunto de forma que se evitara verter sangre, recurriendo al subterfugio de la mentira, tan acostumbrada en esta isla. No contaba con la muerte de mi amor de juventud. Alguna de mis entrañas debió desgarrarse (ningún órgano sexual sufrió espasmos, sin embargo) cuando vi desplomarse, esputando sangre, su cuerpo moribundo. Pero Lord Painsworth no tiene nada que ver con tal crimen, como me ha parecido que alguien susurraba en medio de la confusión y las sombras. Sólo un mentecato de la categoría del mediocre Kadaré osaría sustraer de su vitrina, en el muro norte del salón, junto a la chimenea, la Daga de Acher. Excepción hecha del diamante, es quizá la posesión más valiosa del legado de Painsworth: aun sin atreverme a tasarla (mi especialidad son los libros), diría que podría sumar dos veces el valor de Redonda. No tanto por las joyas de su empuñadura ni el delicado dibujo de la gumia ni el valor histórico que se le atribuye (con ella Saladino segó la garganta y la vida de Raynald de Châtillon, si es que recuerdo bien el nombre del cruzado galo), más bien por la maldición que pesa sobre ella, como cualquiera de los aquí funestamente reunidos debería saber (pero la ignorancia de Kadaré es ejemplar, o lo era, ya no podrá seguir ejerciéndola, por suerte). Quienquiera que la esgrime es pronta presa de un ansia asesina equivalente a la de su más famosa víctima (de ahí la vitrina, albanés imbécil, todo lo demás está a la vista), una furia que en esta ocasión ha caído sobre la infortunada Doris. Edgar tuvo que observar el robo de Kadaré y, demasiado lento o demasiado listo para impedir su primer homicidio, no permitió que tuviera oportunidad de cometer un segundo. Lo que no acabo de comprender es cómo el escritor canadiense de cuyo nombre no puedo acordarme logró situarse en el breve intervalo de tiempo velado por la marea de sombras (cuatro segundos, o cinco, tal vez seis) junto a Doris, sujetarla con una mano firme mientras con la otra sostenía el diamante en precario equilibrio y, finalmente, dejarla reposar sobre el suelo con un cuidado exquisito al tiempo que ella expiraba sin remedio.
Ahora todos han regresado a sus habitaciones. Nadie recriminó a Edgar su acto justiciero. Nadie cuestionó que la inesperada muerte de Doris se debiera a otra cosa que a la maldita Daga de Acher. El canadiense salido de la tundra ya no custodia el diamante. Philbys perdió la compostura por primera y quién sabe si única vez en su vida, demandando calma como si se encontrara ante un grupo de niños revoltosos y malcriados. Luego, visiblemente agitado a causa del doble derramamiento de sangre, resumió con cierto atropello el contenido de la carta disculpatoria de Alistaire Painsworth hacia su discípula-amante Doris Lovelock, así como el del testamento de marras, el cual me proclama a mí, el albacea autodenominado John Gawsworth y más pomposamente Juan I King of Redonda, como nuevo guardián de la reliquia hindú.
Es medianoche, el manto de nubes oculta la luz nocturna y propicia mi escapatoria. Las inmensas y sucias ventanas a un lado, al otro la salvación. Veo a Edgar al final del pasillo, Luger en mano, presto para ejercer de escolta y cómplice. No termino de confiar en él, pero menos aún puedo confiar en el resto, que a buen seguro continúan ambicionando el diamante. Hoffmann ha pasado por un holocausto y no querrá desatar otro, espero que sus cicatrices no sean sólo físicas. Conozco bien a dónde se dirigen mis pasos, el portón junto al que se encuentra Edgar conduce a un sendero que desemboca en el extremo occidental de la isla, sólo accesible por mar. Allí nos espera el Sirius, que será nuestro Nautilus. El diamante debe ser destruido.