viernes, 20 de junio de 2008

El otro Paul


Al otro Paul es a quien se le ocurren las cosas. Al auténtico Paul la vida le resulta sencilla, fácil, cómoda en su Brooklyn de siempre, con su mujer de hace veinte años (tuvo otra mujer de hace cuarenta cuyo recuerdo pervive en su hijo mayor, John). Sophie, su hija, es también una buscadora perpetua, una persona equipada para crear otras vidas paralelas mucho más complejas que la que ostenta. Ahora es una estudiante en New York (en realidad los de Brooklyn somos de Brooklyn y punto) y prepara su segundo disco.

Al otro Paul le gusta mucho jugar al despiste. Los cambios y las rupturas con el presente son su hilo conductor, la música del azar, engañar para atrapar en momentos de ensoñación y de penumbra. A ese Paul le llaman el García Márquez americano, el tipo de estupideces que el verdadero Paul no sabe si realmente le gustan o las detesta porque es lo mismo que no decir nada en absoluto (además ningún Paul ha conseguido el Nobel, quizá por la amistad de ambos con los dos Salman Rushdie, el del Penn Club y el de su Furia).

Al Paul de siempre, de Brooklyn, le sorprenden tomando banana split en la heladería de toda la vida, le gusta la monotonía y la seguridad de lo conocido. Vivió en París y aprendió a expresarse en otra lengua fuera de la materna, le encanta deambular por Europa en compañía de su segunda esposa, mejor traductora que él (no le queda más remedio que admitirlo), y mejor conocedora del viejo continente.

El otro Paul rueda películas sabiendo que la crítica no puede soportarlas, es un Paul que se va a vivir a Sintra y se permite hacer el ridículo porque el azar así se lo pidió. Ese Paul sigue teniendo Travels in the scriptorium, cuyos lectores no podrán descifrar nunca, porque su misterio es como el del jugador de póker que sabe que le toca perder de vez en cuando, más de lo que quisiera, pero que está para jugar y para no rendirse nunca.

Ese Paul podría ser tu vecino de al lado escondido en su banana split y en su marlboro impenitente. Ese Paul mágico debería ser inmortal.


Enviado por The Lizard.

viernes, 13 de junio de 2008

Borges y la otredad


"Al otro Borges es a quien se le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro acaso mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticia por los correos y veo su nombre en la terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arenas, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor".


La nueva propuesta-juego-desafío para los componentes de esta tertulia literaria es la siguiente: escribir un retrato más o menos breve acerca del "otro yo" que es el escritor que cada uno de nosotros (supuestamente) lleva dentro. Pero ¡ojo!, no será válido retratarse a uno mismo (es decir, al "otro mismo"), sino que cada cual deberá escoger a otro tertuliano y realizar una semblanza de la, digamos, "personalidad literaria" del elegido. También se puede optar por retratar a un escritor famoso, como el propio Borges.

Cada entrega comenzará con la frase: "Al otro [nombre del escritor o tertuliano escogido] es a quien se le ocurren las cosas".

El autor de cada entrega decide también quién debe continuar.

Ninguna regla más.

jueves, 29 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas XV


Los diez años han transcurrido para Meleas de Achelonia como un sólo día de verano. Desde el Trono de la Ciudadela, convertida ahora en capital de todo el mundo occidental, observa a Némesis hablar con su hijo. El viejo guerrero sonríe. Sangre de su sangre. Tras unos instantes, vuelve a ocuparse del gobierno del Reino.

Némesis habla despacio y claramente, sabiendo de la importancia que tiene que su hijo la entienda. El niño juega con un objeto ovoide entre sus manos. Le habla de profecías, dragones y Defensores, de ritos, espadas y batallas. El niño, flaco y espigado, con toda su fuerza en los ojos, sólo hace una pregunta, la más fácil:

-¿Entonces, el Rey Meleas no es mi padre?

Némesis sonríe sombríamente y le contesta:

- No. Por eso mismo tendrás que matarlo.

En ese instante, algo empieza a repiquetear en el huevo de dragón. El niño lo mira espaciosamente y levanta la cabeza.

- ¿Cuándo tengo que hacerlo?

- Espera a que nazca y crezca el zygornix. Él te ayudará.

FIN

miércoles, 28 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas, XIV


Némesis llora, arrojada al frío suelo del anillo superior de la Ciudadela. Durante interminables minutos ha logrado contener la furia del Defensor, abrazando su pecho y maniatando su instinto con la fuerza de una condena. Hasta que el zygornix ha regresado de la batalla y la ha apartado con la delicadeza propia de una alada bestia de combate, que es ninguna. Némesis confunde el dolor en su tímpano derecho, lastimado por la caída, con el fragor de las máquinas de guerra y los gritos de los hombres abrasados por el oro derretido que cae de las almenas. Apenas se atreve a levantar la cabeza magullada para ver por última vez al Defensor, que cabalga hacia la muerte sin siquiera devolver la mirada.

¡Capitán, vuelve el dragón, y ahora lleva a un jinete!, grita el achelonio de vista más aguda, apostado en la improvisada atalaya de una enorme catapulta. El Regimiento de Meleas permanece en la retaguardia, desobedeciendo las órdenes de ataque frontal sobre el enemigo. Os lo dije, su empeño es acabar con el Rey, y para ello necesita del brazo de un Defensor. Así dice la Profecía, como también dice que sólo la muerte del último jinete abrirá las puertas de la Ciudadela.¡Es el momento de avanzar! Meleas conduce a sus hombres, a toda carrera, hacia la posición ocupada por el séquito real. El primer ataque del zygornix fue devastador, no tanto por las bajas causadas por sus garras y su fuego como por la monumental embestida que derribó la gigantesca torre de asedio. Sin ella, las tropas del Rey Acher poco pueden hacer para asaltar la Ciudadela, poco más que procurar el lento desgaste de los muros agujereados por catapultas. De las almenas no sólo cae el mortal oro alquímico, también los débiles soldados alcanzados por la lluvia de flechas y las bolas incendiarias de los atacantes.

Julius ruge y acumula fuego en sus entrañas. El Defensor sacia la sed de su espada negra. Cada estocada y cada zarpazo abren una brecha de cadáveres que enseguida se cierra con nuevos enemigos. Los cuatro mil parecen infinitos. Julius se eleva para esconderse entre las nubes. El Defensor sostiene ahora la lanza de caballería aún cubierta por la sangre del Sumo Consejero. El descenso es vertiginoso. La presión se acumula en las sienes del Defensor, pero nada puede distraerlo del golpe definitivo.

¡Nunca antes, sólo a mi señal, y volveremos a ser libres!, exclama el Capitán Meleas de Achelonia con la doble ballesta mirando al cielo. Sus hombres y él parecen ser los únicos que advierten la veloz trayectoria del dragón. Julius pasa sobre sus cabezas y la lanza del Defensor vuela hasta atravesar el pecho del confiado Rey Acher. Acto seguido, decenas de dardos acribillan a la guardia real y a los Consejeros. El proyectil disparado por Meleas, en cambio, encuentra diana en la espalda descubierta del Defensor.

sábado, 24 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas, XIII


Desde su más lejano recuerdo, el Defensor había soñado con dirigir el zygornyx a la batalla, en primera línea, con la espada negra heredada de sus antepasados segando cabezas enemigas. Así que resultaba desde luego muy frustrante observar la lucha desde las almenas, encadenado por su propio pueblo, bien para pagar por la ignominiosa muerte del emisario, bien por huir de la profecía, o bien por una mezcla aciaga de las dos cosas. Había dado permiso a Julius para volar hacia la carnicería con un simple ademán de su cabeza, pero pensó enseguida que era un error. ¿Qué pensaría los enemigos al ver volar un zygornix sin jinete? No se percató de que seguramente no importara: los extranjeros nunca había visto uno, ni montado ni sin montar. Tras unos minutos que le parecieron horas, Julius regresó, con sus colmillos llenos del agua de las espadas y sin daño aparente. El Defensor y su prolongación animal se miraron. El zygornix comenzó a morder con fiereza las cadenas. El Defensor no creyó entonces necesario inquirir acerca del desarrollo de la batalla. Noto su pecho inflamarse de ardor guerrero y la magia del Meteorito congregarse alrededor para convocar a los cuervos. A él le tocaba elegir qué cadáveres devorarían.

jueves, 22 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas XII


De vuelta al anillo superior de la Ciudadela, el Defensor es recibido por los vítores de la tropa. La mejor arenga ha resultado ser la cabeza del Sumo Consejero ensartada en su lanza de caballería. Los enviados del monarca pretendían negociar la rendición de la Ciudadela o, peor aún, su adhesión voluntaria al Reino Unificado de Acheronta. Némesis y Julius son los únicos que no celebran la decapitación del títere del Rey Acher. La vestal porque sabe que la batalla es inminente y se cierra así el círculo del destino sobre su esposo. El zygornix resopla por sus gigantescos ollares, y recuerda que el padre de su actual jinete jamás hubiera deshonrado a la Ciudadela ajusticiando a un emisario sin mediar combate.

lunes, 19 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas XI


El rechinar de los colmillos de Julius podía tomarse tanto como un signo de impaciencia como una mera burla. El Defensor pasaba revista a sus tropas, un puñado de hombres que había vivido demasiado o demasiado poco. Producía una sensación extraña el observar aquellos zarrapastrosos bajo la perenne sombra de las estatuas de sus antepasados. La diosa Degeneración acampaba en la Ciudadela. El Defensor se encogió de hombros y se dispuso a la arenga. Cuando inflaba los pulmones para que su voz sonara fiera y veraz quedó paralizado por la sorpresa; alguien llamaba golpeando con fuerza las puertas negras.

martes, 13 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas X


El capitán Meleas de Achelonia finge limpiar su doble ballesta mientras no quita ojo al muchacho, encadenado a la base de la mayor torre de asedio que jamás ha conocido el mundo septentrional, tan alta que desafía a los propios dioses. Torik siente un desgarro en el estómago, un dolor intenso pero muy diferente al que soportara con estoicismo horas antes en manos del verdugo real. Alza la vista hasta distinguir un punto lejano sobre su cabeza, un punto móvil que a esa altura no puede ser más que Julius. Le parece imposible, pero está convencido de que allá arriba en el cielo cada vez más ocre cabalga su querida hermana Némesis, su destino cumplido al fin. Meleas sigue en silencio la mirada del muchacho y, sin tiempo ni vanidad para felicitarse por su intuición y su astucia, se encamina raudo hacia el lugar donde acampan los leales, el regimiento de Hombres Libres de Achelonia.

miércoles, 7 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas IX


Némesis pensó que nada podría ser más emocionante que volver a la vida entre los brazos de un Defensor mientras en su seno surgía otro. Pero la naturaleza humana es voluble y olvida pronto; sus sensaciones eran casi tan intensas mientras volaba a la caída de la tarde por sobre los campos de oro, su propia melena dejando un rastro en el cielo, sus manos cerrando la cintura del Defensor, las piernas a horcajadas sobre Julius. Cuando sobrevolaron el campo enemigo, sintió en sus entrañas la llamada desesperada de su hermano. Tienen a Torik. Lo sé, contestó él. No puedo hacer nada. He de volver a la Ciudadela a pasar revista de las tropas acantonadas. Ella suspiró y dijo: debería haber supuesto que me ibas a pedir sacrificios aún mayores. Él apretó los dientes. Si algo le pasara a Torik… no me lo perdonaría. Pero el plan está en marcha. No todos los que vienen con el Rey son de su calaña. Es nuestra última esperanza.

martes, 6 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas VIII


En la inmensa tienda que hace las veces de cuartel general, Meleas de Achelonia es el único que no celebra con una risotada la captura de un joven de la Ciudadela que intentaba prender fuego a los campos circundantes. Están tan desesperados que prefieren ver arder sus campos de oro si eso les concede una mínima posibilidad de debilitarnos frente al asedio que se avecina, afirma complacido el Sumo Consejero. Es ridículo, replica el mismo Rey Acher, deberían saber que el ataque no se prolongará tanto como para que los cuatro mil necesiten aprovisionamiento extra. Además, en el primer asalto a la Ciudadela muchos morirán, y hasta los más necios saben que nadie pasa hambre en compañía de los dioses. Nuevas risas saludan la ocurrencia del monarca. Meleas se ofrece para interrogar al detenido y sale de la tienda acompañado por dos guardias, que le llevan hasta el muchacho. Torik dice llamarse, y el orgullo de su voz quebrada por la tortura recuerda a Meleas los ímpetus de su propia juventud, cuando combatía por una Achelonia independiente, libre de los designios de un tirano. ¿Quién y por qué te ordenó quemar los campos de oro? Sólo el Gran Alquimista de la Ciudadela conoce la fórmula para transformar el trigo en metal precioso, a nosotros no nos sirve más que como alimento. Torik duda antes de responder: lo quemaremos todo antes de dejar que caiga en manos de los fanáticos. Meleas hace una seña al verdugo para que suavice el tormento. Eso es absurdo. Tus ojos me dicen que ocultas la auténtica respuesta, y que prefieres perderlos a traicionar a la Ciudadela. Nos llamas fanáticos, pero tu pueblo está dispuesto a morir por defender unas piedras milenarias y una magia que ya nadie recuerda. No tenéis reino ni rey, y vuestra tozudez es lo único que se interpone entre Acher y el dominio absoluto del mundo septentrional. Vendrás conmigo ahora, algo me dice que acabarás por serme útil en este día sangriento.

lunes, 28 de abril de 2008

El Agua de las Espadas VII


La mirada del Defensor decía a gritos cómo demonios sabes mi nombre. Pero en seguida sus ojos se cerraron bruscamente, empujados a medias por el miedo, a medias por la esperanza. Aunque nunca conoció a su padre – muerto en batalla junto al padre de Julius – su madre le contó muchas veces su ceremonia del himeneo. Ella, sacerdotisa del Meteorito como Némesis, vio al gallardo padre del Defensor, y supo. Las poderosas fuerzas de la naturaleza se hicieron primero pensamiento, luego runas y finalmente se condensaron en un nombre escondido. Luego le tocó a él la parte más difícil de la ceremonia.

El Defensor sintió que llegaba su momento. El zygornix los miró extrañado. La espada negra atravesó limpiamente el cuerpo de la vestal, que se desplomó sonriendo. No había tiempo que perder. El Defensor, desde entonces desposado, la besó en la hierba y bebió de su sangre. Luego la desvistió y le devolvió la vida con su semilla sagrada. La vestal fue recuperándose mientras sentía que un nuevo Defensor estaba en camino. Lo que no estaba tan claro es si quedaría algo que defender.

jueves, 24 de abril de 2008

El Agua de las Espadas VI


El día se presenta aciago para Némesis, la más joven vestal de la Ciudadela. Sabe que, por razón de su edad y su belleza, el destino le reserva el insaciable abrazo del Rey Acher, si la fortaleza cae. Han llegado a sus oídos habladurías sobre la violenta virilidad del tirano, pero no es tal el mayor de sus temores. Si la fortaleza cae, sucumbirá también el Último Defensor, a quien todas las noches ama en secreto y en su febril imaginación. Némesis ha salido de incógnito del templo y de la Ciudadela para dar el que quizá sea su último paseo en libertad. Se sobresalta al ver a su hermano Torik junto al río, corriendo al encuentro del zygornix, que desciende con una destreza inverosímil para una criatura de su tamaño. Torik es tan intrépido como temerario, firme en su imposible empeño de convertirse en Defensor. Nadie se ha atrevido a explicarle todavía que el puesto sólo puede heredarse de padre a hijo, y al soldado que turba los sueños de Némesis no se le conoce descendencia. Oculta entre los papiros y los enormes juncos de la ribera, Némesis observa la escena. Ni siquiera el fabuloso zygornix consigue distraer su atención, centrada en la poderosa figura del Defensor. Nunca antes había estado tan cerca del dragón y su jinete, sólo una vez cruzaron sus miradas durante una ceremonia en el templo. Espera a que su hermano se marche, deprisa como el viento en pos de su misión. El Defensor otea el cielo con desgana, como si en lugar de buscar una señal divina sólo quisiera certificar su ausencia. Julius, cuyos sentidos draconianos le mantienen siempre en guardia, alza entonces su cabeza de titán, alarmado. La perfecta Némesis, en contra de las enseñanzas de toda una vida dedicada a la oración, avanza hacia el río y grita con voz cristalina pero férrea el nombre prohibido del Defensor.

martes, 15 de abril de 2008

El Agua de las Espadas V


Mientras el zygornix abrevaba en el río casi con el ánimo de secarlo, el Último Defensor se entrevistaba con un muchacho. Los rizos oscuros no disimulaban una cara llena de humo y costras de barro mezclado con sangre. ¿Podrás hacerlo, Torik?, le preguntó. El niño sonrió y dijo: siempre será más fácil quemar la cosecha que sembrarla y recogerla. Pero… el año que viene… ¿qué pan comeremos? El Defensor puso una mano sobre su hombro y le dijo: sólo habrá mañana si cortamos las líneas de suministro. Si no lo hacemos, no estaremos aquí en la próxima siembra. Torik quedó pensativo y al final susurró: si salimos de ésta, ¿me dejarás montar a Julius?

viernes, 11 de abril de 2008

El Agua de las Espadas IV


Los cuatro mil infantes del Reino Unificado de Acheronta marchan en perfecta formación de falange. Las innumerables máquinas de guerra dan a su retaguardia el aspecto de un acantilado rugiente y voraz que absorbiera el mar a su paso. El día anterior fue un día de gloria y destrucción, y éste se presenta con un amanecer rojo, listo para el sacrificio. Meleas, sin embargo, no las tiene todas consigo: su afilada vista de veterano adivina sombras sobre la Ciudadela, nubes ahora débiles pero que se irán condensando durante la mañana. El capitán Meleas de Achelonia ha sobrevivido a suficientes inviernos como para recordar la Profecía: "el sol rojo se perderá entre las nubes, y de ellas surgirá el último zygornix que apagará la furia del rey de los hombres". Tres lunas antes, el ejército de los cuatro mil acampaba al otro lado de las montañas, preparándose para tomar el valle ahora desolado. La soberbia del Rey Acher, agasajados sus oídos por el Consejo de los Siete, ignoró la petición de sus lugartenientes para sitiar la Ciudadela en lugar de atacarla frontalmente. En un postrer intento por invocar la prudencia en el ánimo de su señor, Meleas deslizó la leyenda del zygornix para sólo obtener el desprecio altivo del Rey y la burla de los Consejeros. En el Reino Unificado de Acheronta apenas nadie cree ya en dragones.

martes, 8 de abril de 2008

El Agua de las Espadas, III


Pocos escalones le bastaron para llegar hasta los establos. El zygornix le esperaba, ensillado y anhelante. El Defensor, con la espada en la mano pero con el ánimo negro como las alas de la bestia, puso el pie en el estribo y se alzó. El zygornix le dijo: ¿sangre y humo, mi señor? Contestó: sangre y humo, Julius. Vamos a hartarnos de sangre y humo antes de que el día acabe. El animal, sonriendo, alzó el vuelo y se escondió con su jinete entre las nubes.

lunes, 7 de abril de 2008

El Agua de las Espadas II


Como Defensor de la Ciudadela, su vida estaba vinculada a aquellos muros como lo está la salamandra al fuego, más aún, como la de un esclavo a su señor. Según el Oráculo, la Ciudadela se mantendría firme hasta el fatídico día en que el último de la estirpe de los Defensores cayera. Y ese día estaba ante él: ocre, lleno de nubes como cuervos, el cielo la imagen postrera con la que se cerrarían sus ojos yertos. Aún es pronto: el enemigo avanza pero faltan horas para que alcance el Círculo Exterior.

sábado, 12 de enero de 2008

El Agua de las Espadas I


El guerrero miró por sobre las almenas y vio arder todas las tierras en litigio. Desenvainó su larga espada forjada con la materia negra del Meteorito y bajó pesadamente los escalones.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Acheronta X.


Mis manos ajadas por el viento acarician las frías aguas. Las nubes se deshacen entre mis dedos. Quiero perderme en mi propio reflejo y no volver jamás. Podría viajar a las orillas que conozco, desembocar en los ríos del sueño, apoyar mi mejilla contra el viejo rifle, charlar con Bernard de Josephine Baker hasta la madrugada, perderme entre los coros de la resistencia francesa y las láminas de Toulouse-Lautrec...
Creo que quedé varada en aquel delta recubierto de lirios. No me gustan los lirios, son las flores de los muertos. El obús destrozó el pavimento de la calle y es todo lo que recuerdo. Lena, levanta, hay que buscar a Bernard, me dice Serguéi.
Bernard nos esperaba tras los gruesos y apolillados cortinajes del escenario. Levantó la trampilla y comenzó a repartir armas. Me regañó por haber llegado tarde al ensayo, pero mis ojos vacíos no expresaban nada. Negro.
Despierto con el pelo revuelto, sola, en la penumbra de la habitación. Bajo al estanque. Respiro hondo. Bernard me enseño bien, estaría orgulloso de mí. Estoy haciendo la mejor de mis actuaciones. En realidad es una suerte y un auténtico alivio poder dejar la mente en blanco, interpretando a una pobre alma simple y atolondrada.
Nadie se imagina lo que sé. De lo contrario dudo que me mantuvieran durante mucho tiempo con vida. Painsworth gustaba de la compañía de ciertas mujeres a la hora de compartir su lecho. Suerte que sólo me consideren una amante más, la última, la que le alegró sus últimos días y con la que acabó encariñándose hasta tal punto que presuntamente le dejó parte de su herencia, cuando todo lo que me dejó lo llevo bien grabado en mi mente.
No me gusta cómo me miran. Lástima que no tenga más remedio que seducirlos, en otra ocasión ya me habría cargado a la mayoría. Se acerca la medianoche y he de bajar al arrecife, rescatar el maldito cofre y ponerlo a salvo; con suerte la marea nos llevará hasta el continente y podremos desaparecer para siempre de esta maldita isla.
El batiscafo aguarda con su único tripulante, a la vuelta de aquel acantilado. Rezo porque nadie nos haya visto hablando entre susurros.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Acheronta 9



Al fin, Edgar ha tomado partido. Poco importa ya el testamento, menos aún la carta dirigida a Doris, falsificados ambos por mi mano con no poco esfuerzo y demasiado escrúpulo. Quise arreglar este turbio asunto de forma que se evitara verter sangre, recurriendo al subterfugio de la mentira, tan acostumbrada en esta isla. No contaba con la muerte de mi amor de juventud. Alguna de mis entrañas debió desgarrarse (ningún órgano sexual sufrió espasmos, sin embargo) cuando vi desplomarse, esputando sangre, su cuerpo moribundo. Pero Lord Painsworth no tiene nada que ver con tal crimen, como me ha parecido que alguien susurraba en medio de la confusión y las sombras. Sólo un mentecato de la categoría del mediocre Kadaré osaría sustraer de su vitrina, en el muro norte del salón, junto a la chimenea, la Daga de Acher. Excepción hecha del diamante, es quizá la posesión más valiosa del legado de Painsworth: aun sin atreverme a tasarla (mi especialidad son los libros), diría que podría sumar dos veces el valor de Redonda. No tanto por las joyas de su empuñadura ni el delicado dibujo de la gumia ni el valor histórico que se le atribuye (con ella Saladino segó la garganta y la vida de Raynald de Châtillon, si es que recuerdo bien el nombre del cruzado galo), más bien por la maldición que pesa sobre ella, como cualquiera de los aquí funestamente reunidos debería saber (pero la ignorancia de Kadaré es ejemplar, o lo era, ya no podrá seguir ejerciéndola, por suerte). Quienquiera que la esgrime es pronta presa de un ansia asesina equivalente a la de su más famosa víctima (de ahí la vitrina, albanés imbécil, todo lo demás está a la vista), una furia que en esta ocasión ha caído sobre la infortunada Doris. Edgar tuvo que observar el robo de Kadaré y, demasiado lento o demasiado listo para impedir su primer homicidio, no permitió que tuviera oportunidad de cometer un segundo. Lo que no acabo de comprender es cómo el escritor canadiense de cuyo nombre no puedo acordarme logró situarse en el breve intervalo de tiempo velado por la marea de sombras (cuatro segundos, o cinco, tal vez seis) junto a Doris, sujetarla con una mano firme mientras con la otra sostenía el diamante en precario equilibrio y, finalmente, dejarla reposar sobre el suelo con un cuidado exquisito al tiempo que ella expiraba sin remedio.

Ahora todos han regresado a sus habitaciones. Nadie recriminó a Edgar su acto justiciero. Nadie cuestionó que la inesperada muerte de Doris se debiera a otra cosa que a la maldita Daga de Acher. El canadiense salido de la tundra ya no custodia el diamante. Philbys perdió la compostura por primera y quién sabe si única vez en su vida, demandando calma como si se encontrara ante un grupo de niños revoltosos y malcriados. Luego, visiblemente agitado a causa del doble derramamiento de sangre, resumió con cierto atropello el contenido de la carta disculpatoria de Alistaire Painsworth hacia su discípula-amante Doris Lovelock, así como el del testamento de marras, el cual me proclama a mí, el albacea autodenominado John Gawsworth y más pomposamente Juan I King of Redonda, como nuevo guardián de la reliquia hindú.

Es medianoche, el manto de nubes oculta la luz nocturna y propicia mi escapatoria. Las inmensas y sucias ventanas a un lado, al otro la salvación. Veo a Edgar al final del pasillo, Luger en mano, presto para ejercer de escolta y cómplice. No termino de confiar en él, pero menos aún puedo confiar en el resto, que a buen seguro continúan ambicionando el diamante. Hoffmann ha pasado por un holocausto y no querrá desatar otro, espero que sus cicatrices no sean sólo físicas. Conozco bien a dónde se dirigen mis pasos, el portón junto al que se encuentra Edgar conduce a un sendero que desemboca en el extremo occidental de la isla, sólo accesible por mar. Allí nos espera el Sirius, que será nuestro Nautilus. El diamante debe ser destruido.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Acheronta interlude


"En el piloso dorso del torax se dibuja el mapa de una isla que remeda una calavera ocre de grandes ojos vacíos..."