sábado, 24 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas, XIII


Desde su más lejano recuerdo, el Defensor había soñado con dirigir el zygornyx a la batalla, en primera línea, con la espada negra heredada de sus antepasados segando cabezas enemigas. Así que resultaba desde luego muy frustrante observar la lucha desde las almenas, encadenado por su propio pueblo, bien para pagar por la ignominiosa muerte del emisario, bien por huir de la profecía, o bien por una mezcla aciaga de las dos cosas. Había dado permiso a Julius para volar hacia la carnicería con un simple ademán de su cabeza, pero pensó enseguida que era un error. ¿Qué pensaría los enemigos al ver volar un zygornix sin jinete? No se percató de que seguramente no importara: los extranjeros nunca había visto uno, ni montado ni sin montar. Tras unos minutos que le parecieron horas, Julius regresó, con sus colmillos llenos del agua de las espadas y sin daño aparente. El Defensor y su prolongación animal se miraron. El zygornix comenzó a morder con fiereza las cadenas. El Defensor no creyó entonces necesario inquirir acerca del desarrollo de la batalla. Noto su pecho inflamarse de ardor guerrero y la magia del Meteorito congregarse alrededor para convocar a los cuervos. A él le tocaba elegir qué cadáveres devorarían.

1 comentario:

Agustín Lozano de la Cruz dijo...

eso, eso, muerte y destrucción!!

esto empieza a animarse... pero mira que encadenar al héroe... al principio pensaba que lo decías a nivel metafórico, que se había quedado en las almenas para dirigir la batalla, o algo parecido. En fin, habrá sido una maquinación de Némesis jeje...

continuaré hoy o mañana.