jueves, 24 de abril de 2008

El Agua de las Espadas VI


El día se presenta aciago para Némesis, la más joven vestal de la Ciudadela. Sabe que, por razón de su edad y su belleza, el destino le reserva el insaciable abrazo del Rey Acher, si la fortaleza cae. Han llegado a sus oídos habladurías sobre la violenta virilidad del tirano, pero no es tal el mayor de sus temores. Si la fortaleza cae, sucumbirá también el Último Defensor, a quien todas las noches ama en secreto y en su febril imaginación. Némesis ha salido de incógnito del templo y de la Ciudadela para dar el que quizá sea su último paseo en libertad. Se sobresalta al ver a su hermano Torik junto al río, corriendo al encuentro del zygornix, que desciende con una destreza inverosímil para una criatura de su tamaño. Torik es tan intrépido como temerario, firme en su imposible empeño de convertirse en Defensor. Nadie se ha atrevido a explicarle todavía que el puesto sólo puede heredarse de padre a hijo, y al soldado que turba los sueños de Némesis no se le conoce descendencia. Oculta entre los papiros y los enormes juncos de la ribera, Némesis observa la escena. Ni siquiera el fabuloso zygornix consigue distraer su atención, centrada en la poderosa figura del Defensor. Nunca antes había estado tan cerca del dragón y su jinete, sólo una vez cruzaron sus miradas durante una ceremonia en el templo. Espera a que su hermano se marche, deprisa como el viento en pos de su misión. El Defensor otea el cielo con desgana, como si en lugar de buscar una señal divina sólo quisiera certificar su ausencia. Julius, cuyos sentidos draconianos le mantienen siempre en guardia, alza entonces su cabeza de titán, alarmado. La perfecta Némesis, en contra de las enseñanzas de toda una vida dedicada a la oración, avanza hacia el río y grita con voz cristalina pero férrea el nombre prohibido del Defensor.