
Al otro Paul es a quien se le ocurren las cosas. Al auténtico Paul la vida le resulta sencilla, fácil, cómoda en su Brooklyn de siempre, con su mujer de hace veinte años (tuvo otra mujer de hace cuarenta cuyo recuerdo pervive en su hijo mayor, John). Sophie, su hija, es también una buscadora perpetua, una persona equipada para crear otras vidas paralelas mucho más complejas que la que ostenta. Ahora es una estudiante en New York (en realidad los de Brooklyn somos de Brooklyn y punto) y prepara su segundo disco.
Al otro Paul le gusta mucho jugar al despiste. Los cambios y las rupturas con el presente son su hilo conductor, la música del azar, engañar para atrapar en momentos de ensoñación y de penumbra. A ese Paul le llaman el García Márquez americano, el tipo de estupideces que el verdadero Paul no sabe si realmente le gustan o las detesta porque es lo mismo que no decir nada en absoluto (además ningún Paul ha conseguido el Nobel, quizá por la amistad de ambos con los dos Salman Rushdie, el del Penn Club y el de su Furia).
Al Paul de siempre, de Brooklyn, le sorprenden tomando banana split en la heladería de toda la vida, le gusta la monotonía y la seguridad de lo conocido. Vivió en París y aprendió a expresarse en otra lengua fuera de la materna, le encanta deambular por Europa en compañía de su segunda esposa, mejor traductora que él (no le queda más remedio que admitirlo), y mejor conocedora del viejo continente.
El otro Paul rueda películas sabiendo que la crítica no puede soportarlas, es un Paul que se va a vivir a Sintra y se permite hacer el ridículo porque el azar así se lo pidió. Ese Paul sigue teniendo Travels in the scriptorium, cuyos lectores no podrán descifrar nunca, porque su misterio es como el del jugador de póker que sabe que le toca perder de vez en cuando, más de lo que quisiera, pero que está para jugar y para no rendirse nunca.
Ese Paul podría ser tu vecino de al lado escondido en su banana split y en su marlboro impenitente. Ese Paul mágico debería ser inmortal.
Al otro Paul le gusta mucho jugar al despiste. Los cambios y las rupturas con el presente son su hilo conductor, la música del azar, engañar para atrapar en momentos de ensoñación y de penumbra. A ese Paul le llaman el García Márquez americano, el tipo de estupideces que el verdadero Paul no sabe si realmente le gustan o las detesta porque es lo mismo que no decir nada en absoluto (además ningún Paul ha conseguido el Nobel, quizá por la amistad de ambos con los dos Salman Rushdie, el del Penn Club y el de su Furia).
Al Paul de siempre, de Brooklyn, le sorprenden tomando banana split en la heladería de toda la vida, le gusta la monotonía y la seguridad de lo conocido. Vivió en París y aprendió a expresarse en otra lengua fuera de la materna, le encanta deambular por Europa en compañía de su segunda esposa, mejor traductora que él (no le queda más remedio que admitirlo), y mejor conocedora del viejo continente.
El otro Paul rueda películas sabiendo que la crítica no puede soportarlas, es un Paul que se va a vivir a Sintra y se permite hacer el ridículo porque el azar así se lo pidió. Ese Paul sigue teniendo Travels in the scriptorium, cuyos lectores no podrán descifrar nunca, porque su misterio es como el del jugador de póker que sabe que le toca perder de vez en cuando, más de lo que quisiera, pero que está para jugar y para no rendirse nunca.
Ese Paul podría ser tu vecino de al lado escondido en su banana split y en su marlboro impenitente. Ese Paul mágico debería ser inmortal.
Enviado por The Lizard.
No hay comentarios:
Publicar un comentario