lunes, 19 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas XI


El rechinar de los colmillos de Julius podía tomarse tanto como un signo de impaciencia como una mera burla. El Defensor pasaba revista a sus tropas, un puñado de hombres que había vivido demasiado o demasiado poco. Producía una sensación extraña el observar aquellos zarrapastrosos bajo la perenne sombra de las estatuas de sus antepasados. La diosa Degeneración acampaba en la Ciudadela. El Defensor se encogió de hombros y se dispuso a la arenga. Cuando inflaba los pulmones para que su voz sonara fiera y veraz quedó paralizado por la sorpresa; alguien llamaba golpeando con fuerza las puertas negras.

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