
Como Defensor de la Ciudadela, su vida estaba vinculada a aquellos muros como lo está la salamandra al fuego, más aún, como la de un esclavo a su señor. Según el Oráculo, la Ciudadela se mantendría firme hasta el fatídico día en que el último de la estirpe de los Defensores cayera. Y ese día estaba ante él: ocre, lleno de nubes como cuervos, el cielo la imagen postrera con la que se cerrarían sus ojos yertos. Aún es pronto: el enemigo avanza pero faltan horas para que alcance el Círculo Exterior.
1 comentario:
Dame un par de días...
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