
Malditos sean. Que acaben ya con esto, que hagan el reparto de baratijas de una vez. Estúpidos diletantes, ensoberbecidos, pomposos. Toda mi vida actuando para ellos, divirtiéndolos, un bufón vestido de sedas orientales que adivinaba sus pequeños secretos, leyendo sus vacuos pensamientos para deleite de envarados caballeros y grotescas damas de risa estridente. Y siempre conteniendo la náusea, el vómito metafísico de asomarme a tan mezquinas entrañas, abismos de ponzoña de los que luego tanto me costaba limpiarme. Mi don, mi castigo. Para ellos, sólo el Gran Midhat, el Mentalista, la sensación en toda Gran Bretaña, venido de Oriente para levantar los faldones de las mesas y las alfombras y destapar los cadáveres que dormían debajo.
Nada mal, para alguien tan europeo como ellos. Si supieran de mi infancia en Portsmouth, nacido en una familia de inmigrantes albaneses de los que tomé el tono parduzco de mi piel, y una lengua lo suficientemente exótica para que a la mayoría le produjera pereza rastrear su origen. Sólo Alistaire supo de mí realmente, sólo yo me pude considerar su amigo. Para él era Midhat Kadaré, un par, alguien a quien confiar los más oscuros secretos, más allá de todos los ropajes de misterio y esoterismo con los que se vestía frente a tanto falsario como envenenaba la alta sociedad europea del periodo de entreguerras. Tanto falsario como los que se reúnen hoy en torno a su mesa, dispuestos a devorar lo que quede del cadáver. Tanteo sus mentes, no puedo evitar hacerlo, es una compulsión, un acto reflejo. Algunos tienen meras ambiciones económicas, sabida es la gran fortuna de Painsworth, su valiosa colección de arte y antigüedades por las que se pelearían los más prestigiosos museos. Otros ambicionan riquezas más esquivas, posesiones intangibles, influencias que les permitan encarar desde una posición más elevada la incertidumbre que se extiende por el siglo. Varios arden de deseo de poder, un poder oscuro que llene el vacío de sus almas, su irrefrenable ansia de trascendencia (entre ellos, la bruja de Doris Lovelock, o Doris Lovecock, como la llamábamos jocosamente Alistaire y yo refiriéndonos a su avidez amatoria, que tantos de los ahora reunidos pudimos comprobar en nuestra maltrecha carne). Si supieran lo ridículo de sus esfuerzos, lo infantil de sus búsquedas frente a la incalculable grandeza del auténtico Conocimiento… Me imagino a Alistaire riéndose en su lecho de muerte, con esa risa extraña que aún temo oír a veces, maquinando entre estertores ésta su última broma, su carcajada póstuma frente a la estupidez humana que tan bien conoció, que tanto inspiró los más satánicos de sus actos. Imagino también al hierático Philbys tomando nota cuidadosamente de la última voluntad de su señor, mientras la voz de éste se apagaba para siempre, sumiéndose en la más ignota cloaca de la existencia.
Siento algo parecido a la ternura.
Philbys calla ahora, mientras Doris se dispone a leer con labios ávidos. No puedo penetrar en la mente del mayordomo, nunca pude, creo que ésa fue la razón de que Alistaire lo retuviera tantos años a su lado, como si necesitara tener un confidente absoluto, alguien que encerrara en su mente las abominaciones más espantosas que hiciera su señor, cosas de las que ni yo mismo tengo noticia. Phlbys siempre tuvo un temple admirable, calló y consagró su vida al silencio, pero la huella de aquello que vio o debió de ver le arruga y deforma el rostro de manera implacable, como un moderno retrato de Dorian Gray que absorbiera toda la depravación de su dueño. Junto a él, tampoco puedo penetrar en la mente de Edgar. La vela una especie de nube negra, casi materialmente visible sobre su cabeza, su rostro en el que el lado herido se hunde en las sombras como si a ellas perteneciera. Me inquieta Edgar. Como a todos en la sala. Todos parecemos esperar un movimiento súbito de él, un simple gesto con el que, imaginamos, liberaría toda una jauría de sombras sobre nosotros. Pero él simplemente calla, con esa sonrisa que, en el lado oculto de su rostro, nadie sabe en qué horrible mueca se tuerce.
Al fin Doris habla, con su voz cascada, ronca de deseo… Entonces la Sombra se cierne. Se hace la Oscuridad, literalmente: la mañana nublada y gris se opaca de pronto, se desvanece en jirones, y una negrura absoluta la sustituye como un mar de tinta volcándose en la escena. No puedo ver nada, apenas intuir la presencia de mis compañeros, sentir sus auras convulsionarse, sus mentes llenarse de confusión y pánico. La actriz chilla (creo que es ella), la frase que Doris dejó a medias se le queda obstruida en la garganta con un gorgoteo, alguien inicia un movimiento absurdo hacia ninguna parte… Entonces, lo siento. Siento una presencia nueva en la sala, algo desconocido, ignoto, inescrutable. Mi mente arde cuando se acerca a la suya, y comprendo en seguida que no es humano, o no del todo: está hecho de signos que no conozco, lenguajes que no osaría hablar, abismos que ningún hombre miró antes sin perder del todo la cordura. Me llama, de alguna forma me convoca, me mira horriblemente –sin ojos, sin luz-, me susurra al oído de manera impía, y entonces todo quema tanto que salgo despedido de él, aturdido, aterrado. Pese a mi confusión puedo percibir otras presencias menores arremolinándose ahora en la sala, corrientes espectrales de aire venidas de ninguna parte, que se dedican a destruirlo todo, como gremlins traviesos, tirando cuadros, rompiendo jarrones, quebrando los cristales de las vitrinas ante el pánico de los invitados. Entonces, todo se detiene. La luz vuelve, poco a poco, como si las sombras se fueran por un sumidero invisible. Lo primero que alcanzo a ver es Edgar, sorprendido en un gesto extraño, como el pase que ejecuta un hipnotizador para hacer volver a la realidad a su víctima. Enseguida recobra la compostura, el porte imperturbable. Pero me mira intensamente. Como mira el asesino a un testigo.
Entonces, oigo el grito. Es la actriz, de nuevo, y todos miramos donde ella. Entre los añicos de tantas cosas, objetos únicos que decoraban la sala y ahora la llenan de escombros, yace en el suelo un cuerpo inanimado. Antes de saber de quién se trata –mi mirada velada aún por algún jirón de sombra- noto un peso caliente en mi mano. Entonces todo es una sola cosa, un único movimiento admirablemente sincronizado, un macabro ballet a cámara lenta que comienza con las miradas de los invitados confluyendo en el cadáver de Doris Lovelock -el gesto exangüe, los ojos abiertos de par en par, la herida abierta en el pecho- y siguiendo el rastro de la sangre hasta llegar a mis pies, para ascender desde ahí con horror sobre el húmedo surco rojo que empapa mi ropa y mis manos, que gotea desde el cuchillo-reliquia que sostienen temblorosas, ajenas…
Entonces, entre mi estupor y los gritos de las mujeres, sólo puedo musitar:
Alistaire… ¿qué has hecho?