lunes, 24 de diciembre de 2007

Acheronta X.


Mis manos ajadas por el viento acarician las frías aguas. Las nubes se deshacen entre mis dedos. Quiero perderme en mi propio reflejo y no volver jamás. Podría viajar a las orillas que conozco, desembocar en los ríos del sueño, apoyar mi mejilla contra el viejo rifle, charlar con Bernard de Josephine Baker hasta la madrugada, perderme entre los coros de la resistencia francesa y las láminas de Toulouse-Lautrec...
Creo que quedé varada en aquel delta recubierto de lirios. No me gustan los lirios, son las flores de los muertos. El obús destrozó el pavimento de la calle y es todo lo que recuerdo. Lena, levanta, hay que buscar a Bernard, me dice Serguéi.
Bernard nos esperaba tras los gruesos y apolillados cortinajes del escenario. Levantó la trampilla y comenzó a repartir armas. Me regañó por haber llegado tarde al ensayo, pero mis ojos vacíos no expresaban nada. Negro.
Despierto con el pelo revuelto, sola, en la penumbra de la habitación. Bajo al estanque. Respiro hondo. Bernard me enseño bien, estaría orgulloso de mí. Estoy haciendo la mejor de mis actuaciones. En realidad es una suerte y un auténtico alivio poder dejar la mente en blanco, interpretando a una pobre alma simple y atolondrada.
Nadie se imagina lo que sé. De lo contrario dudo que me mantuvieran durante mucho tiempo con vida. Painsworth gustaba de la compañía de ciertas mujeres a la hora de compartir su lecho. Suerte que sólo me consideren una amante más, la última, la que le alegró sus últimos días y con la que acabó encariñándose hasta tal punto que presuntamente le dejó parte de su herencia, cuando todo lo que me dejó lo llevo bien grabado en mi mente.
No me gusta cómo me miran. Lástima que no tenga más remedio que seducirlos, en otra ocasión ya me habría cargado a la mayoría. Se acerca la medianoche y he de bajar al arrecife, rescatar el maldito cofre y ponerlo a salvo; con suerte la marea nos llevará hasta el continente y podremos desaparecer para siempre de esta maldita isla.
El batiscafo aguarda con su único tripulante, a la vuelta de aquel acantilado. Rezo porque nadie nos haya visto hablando entre susurros.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Acheronta 9



Al fin, Edgar ha tomado partido. Poco importa ya el testamento, menos aún la carta dirigida a Doris, falsificados ambos por mi mano con no poco esfuerzo y demasiado escrúpulo. Quise arreglar este turbio asunto de forma que se evitara verter sangre, recurriendo al subterfugio de la mentira, tan acostumbrada en esta isla. No contaba con la muerte de mi amor de juventud. Alguna de mis entrañas debió desgarrarse (ningún órgano sexual sufrió espasmos, sin embargo) cuando vi desplomarse, esputando sangre, su cuerpo moribundo. Pero Lord Painsworth no tiene nada que ver con tal crimen, como me ha parecido que alguien susurraba en medio de la confusión y las sombras. Sólo un mentecato de la categoría del mediocre Kadaré osaría sustraer de su vitrina, en el muro norte del salón, junto a la chimenea, la Daga de Acher. Excepción hecha del diamante, es quizá la posesión más valiosa del legado de Painsworth: aun sin atreverme a tasarla (mi especialidad son los libros), diría que podría sumar dos veces el valor de Redonda. No tanto por las joyas de su empuñadura ni el delicado dibujo de la gumia ni el valor histórico que se le atribuye (con ella Saladino segó la garganta y la vida de Raynald de Châtillon, si es que recuerdo bien el nombre del cruzado galo), más bien por la maldición que pesa sobre ella, como cualquiera de los aquí funestamente reunidos debería saber (pero la ignorancia de Kadaré es ejemplar, o lo era, ya no podrá seguir ejerciéndola, por suerte). Quienquiera que la esgrime es pronta presa de un ansia asesina equivalente a la de su más famosa víctima (de ahí la vitrina, albanés imbécil, todo lo demás está a la vista), una furia que en esta ocasión ha caído sobre la infortunada Doris. Edgar tuvo que observar el robo de Kadaré y, demasiado lento o demasiado listo para impedir su primer homicidio, no permitió que tuviera oportunidad de cometer un segundo. Lo que no acabo de comprender es cómo el escritor canadiense de cuyo nombre no puedo acordarme logró situarse en el breve intervalo de tiempo velado por la marea de sombras (cuatro segundos, o cinco, tal vez seis) junto a Doris, sujetarla con una mano firme mientras con la otra sostenía el diamante en precario equilibrio y, finalmente, dejarla reposar sobre el suelo con un cuidado exquisito al tiempo que ella expiraba sin remedio.

Ahora todos han regresado a sus habitaciones. Nadie recriminó a Edgar su acto justiciero. Nadie cuestionó que la inesperada muerte de Doris se debiera a otra cosa que a la maldita Daga de Acher. El canadiense salido de la tundra ya no custodia el diamante. Philbys perdió la compostura por primera y quién sabe si única vez en su vida, demandando calma como si se encontrara ante un grupo de niños revoltosos y malcriados. Luego, visiblemente agitado a causa del doble derramamiento de sangre, resumió con cierto atropello el contenido de la carta disculpatoria de Alistaire Painsworth hacia su discípula-amante Doris Lovelock, así como el del testamento de marras, el cual me proclama a mí, el albacea autodenominado John Gawsworth y más pomposamente Juan I King of Redonda, como nuevo guardián de la reliquia hindú.

Es medianoche, el manto de nubes oculta la luz nocturna y propicia mi escapatoria. Las inmensas y sucias ventanas a un lado, al otro la salvación. Veo a Edgar al final del pasillo, Luger en mano, presto para ejercer de escolta y cómplice. No termino de confiar en él, pero menos aún puedo confiar en el resto, que a buen seguro continúan ambicionando el diamante. Hoffmann ha pasado por un holocausto y no querrá desatar otro, espero que sus cicatrices no sean sólo físicas. Conozco bien a dónde se dirigen mis pasos, el portón junto al que se encuentra Edgar conduce a un sendero que desemboca en el extremo occidental de la isla, sólo accesible por mar. Allí nos espera el Sirius, que será nuestro Nautilus. El diamante debe ser destruido.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Acheronta interlude


"En el piloso dorso del torax se dibuja el mapa de una isla que remeda una calavera ocre de grandes ojos vacíos..."

Acheronta 8



Edgar II

No está despierto, pero tampoco duerme.
Envuelto aun en su traje oscuro, que comienza a arrugarse, permanece tumbado junto al bastón de caoba. La habitación se espesa con el humo denso de las amapolas. Parece mirar, desde un lugar entre la vigilia y el sueño, la superficie brillante de un recipiente de jade que sostiene entre los dedos. Las vetas de color se confunden como los recuerdos de esa tarde que precedió al insomnio, a la mariposa nocturna que enlenteció su pesado vuelo hasta congelarse inmóvil sobre la cortina aterciopelada que ciega las ventanas. Acherontia atropos. En el piloso dorso del torax se dibuja el mapa de una isla que remeda una calavera ocre de grandes ojos vacíos.
Todo detenido, Edgar sobre la cama, la pipa que ha dejado de humear, la bola de opio enfriándose, la enorme polilla, el tiempo, el corazón negro de Midath Kadaré, una vejiga seca de falsas sedas orientales... Y la metálica silueta de la Luger sobre la mesilla de noche, perfecta y hermosa como solo las armas pueden serlo.

Edgar vuelve a escuchar el estruendo del viento reventando los cristales, convirtiendo en un caos de vidrios rotos y jirones de tela el gran salón de Painsworth. Las bocas abiertas de espanto de los invitados, el gesto de dolor aterrorizado de la furcia de Doris, la mortal soberbia de Kadaré esculpida en un puñal ensangrentado, la excitación de La Trauxelle que esconde un secreto que le quema.
Quizás la sombra fuese algo más que un poco de viento, unas luces apagadas o la muerte de unas velas.

No está despierto, pero en una rendija de lucidez Edgar recupera el instante en el que empuñó su Luger (esa dulce sensación de seguridad anidada en la culata del arma) y despacio, como una torpe pero decidida zancuda, se aproximó a él y apoyo lentamente el cañón en su cabeza. Estás muerto idiota, recuerda haberle dicho. Apretó el gatillo. Midath quizás no muriese de inmediato. En su frente un chamuscado tercer ojo de 9 mm. LaTrauxelle se acercó a Edgar, como expulsado de un trance íntimo, con la intención de desarmarlo, pero bastó una leve mueca de sus cicatrices para hacerle comprender: “Usted, animal canadiense, iba a ser el siguiente.” Eso cree haberle dicho.
Lo que si recuerda Edgar con seguridad, antes de ser nuevamente tragado por la oscuridad sin fantasmas del opio, es la nota manuscrita encontrada entre las páginas del Vigiliae Mortuorum que sustrajo de la biblioteca:

“Tu mano precipitará la Caída”

Y la letra era, indudablemente, la de Lord Painsworth.
Dios lo tenga en sus infiernos.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Acheronta - siete



LeTrauxelle

En aquel instante yo seguía con mi mano derecha en el bolsillo, agarrando con fuerza el diamante. Sentí como el calor crecía dentro de él hasta casi abrasar mi mano. Pero no ocurría de la misma manera que con los huevos de dragón; mis dedos se abrasaron como lo hacen los de un leñador que acaricia su hacha helada a cincuenta bajo cero.

Después todo sucedió con una temporalidad muy extraña. En un momento dado Edgar me miraba; ningún tiempo después miraba al albano. Y en medio de estos dos hechos, acaeció lo que otra parte de mi cerebro mediría en horas.

Todas las personas que estaban en la sala fueron ralentizando su existencia, hasta que quedaron congelados en poses ridículas. Y cuando hablo de estatuas congeladas en instantes absurdos sé de que hablo. Mi lago puede dar cuenta de todo eso.

Como si las ventanas se abrieran bruscamente para el más infernal de los huracanes me sentí impelido hacia la mesa donde Phylbis y Doris miraban el testamento con la fijeza que da la no existencia. Me introduje – me introdujeron – por la boca de ésta última y me fui paulatinamente rompiendo en los cien millones de pedazos de mi esencia. Cada uno de mis átomos entró en simbiosis con las células de Doris, en una suerte de interacción cuántica que me produjo el más intenso de los orgasmos y a Doris la agonía más espantosa que imaginarse pueda: sentir cómo desde lo más profundo de ti mismo la guadaña de la muerte va rajando tu interioridad y sale con tus tripas azules en una suerte de guirnalda.

Sé que ella lo vivió así. Al recuperar mi corporeidad, observé que en su cadáver no quedaba rastro de agonía.

Edgar ha vuelto a mirarme, el diamante se enfría lentamente.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Acheronta, seis


Malditos sean. Que acaben ya con esto, que hagan el reparto de baratijas de una vez. Estúpidos diletantes, ensoberbecidos, pomposos. Toda mi vida actuando para ellos, divirtiéndolos, un bufón vestido de sedas orientales que adivinaba sus pequeños secretos, leyendo sus vacuos pensamientos para deleite de envarados caballeros y grotescas damas de risa estridente. Y siempre conteniendo la náusea, el vómito metafísico de asomarme a tan mezquinas entrañas, abismos de ponzoña de los que luego tanto me costaba limpiarme. Mi don, mi castigo. Para ellos, sólo el Gran Midhat, el Mentalista, la sensación en toda Gran Bretaña, venido de Oriente para levantar los faldones de las mesas y las alfombras y destapar los cadáveres que dormían debajo.
Nada mal, para alguien tan europeo como ellos. Si supieran de mi infancia en Portsmouth, nacido en una familia de inmigrantes albaneses de los que tomé el tono parduzco de mi piel, y una lengua lo suficientemente exótica para que a la mayoría le produjera pereza rastrear su origen. Sólo Alistaire supo de mí realmente, sólo yo me pude considerar su amigo. Para él era Midhat Kadaré, un par, alguien a quien confiar los más oscuros secretos, más allá de todos los ropajes de misterio y esoterismo con los que se vestía frente a tanto falsario como envenenaba la alta sociedad europea del periodo de entreguerras. Tanto falsario como los que se reúnen hoy en torno a su mesa, dispuestos a devorar lo que quede del cadáver. Tanteo sus mentes, no puedo evitar hacerlo, es una compulsión, un acto reflejo. Algunos tienen meras ambiciones económicas, sabida es la gran fortuna de Painsworth, su valiosa colección de arte y antigüedades por las que se pelearían los más prestigiosos museos. Otros ambicionan riquezas más esquivas, posesiones intangibles, influencias que les permitan encarar desde una posición más elevada la incertidumbre que se extiende por el siglo. Varios arden de deseo de poder, un poder oscuro que llene el vacío de sus almas, su irrefrenable ansia de trascendencia (entre ellos, la bruja de Doris Lovelock, o Doris Lovecock, como la llamábamos jocosamente Alistaire y yo refiriéndonos a su avidez amatoria, que tantos de los ahora reunidos pudimos comprobar en nuestra maltrecha carne). Si supieran lo ridículo de sus esfuerzos, lo infantil de sus búsquedas frente a la incalculable grandeza del auténtico Conocimiento… Me imagino a Alistaire riéndose en su lecho de muerte, con esa risa extraña que aún temo oír a veces, maquinando entre estertores ésta su última broma, su carcajada póstuma frente a la estupidez humana que tan bien conoció, que tanto inspiró los más satánicos de sus actos. Imagino también al hierático Philbys tomando nota cuidadosamente de la última voluntad de su señor, mientras la voz de éste se apagaba para siempre, sumiéndose en la más ignota cloaca de la existencia.
Siento algo parecido a la ternura.
Philbys calla ahora, mientras Doris se dispone a leer con labios ávidos. No puedo penetrar en la mente del mayordomo, nunca pude, creo que ésa fue la razón de que Alistaire lo retuviera tantos años a su lado, como si necesitara tener un confidente absoluto, alguien que encerrara en su mente las abominaciones más espantosas que hiciera su señor, cosas de las que ni yo mismo tengo noticia. Phlbys siempre tuvo un temple admirable, calló y consagró su vida al silencio, pero la huella de aquello que vio o debió de ver le arruga y deforma el rostro de manera implacable, como un moderno retrato de Dorian Gray que absorbiera toda la depravación de su dueño. Junto a él, tampoco puedo penetrar en la mente de Edgar. La vela una especie de nube negra, casi materialmente visible sobre su cabeza, su rostro en el que el lado herido se hunde en las sombras como si a ellas perteneciera. Me inquieta Edgar. Como a todos en la sala. Todos parecemos esperar un movimiento súbito de él, un simple gesto con el que, imaginamos, liberaría toda una jauría de sombras sobre nosotros. Pero él simplemente calla, con esa sonrisa que, en el lado oculto de su rostro, nadie sabe en qué horrible mueca se tuerce.
Al fin Doris habla, con su voz cascada, ronca de deseo… Entonces la Sombra se cierne. Se hace la Oscuridad, literalmente: la mañana nublada y gris se opaca de pronto, se desvanece en jirones, y una negrura absoluta la sustituye como un mar de tinta volcándose en la escena. No puedo ver nada, apenas intuir la presencia de mis compañeros, sentir sus auras convulsionarse, sus mentes llenarse de confusión y pánico. La actriz chilla (creo que es ella), la frase que Doris dejó a medias se le queda obstruida en la garganta con un gorgoteo, alguien inicia un movimiento absurdo hacia ninguna parte… Entonces, lo siento. Siento una presencia nueva en la sala, algo desconocido, ignoto, inescrutable. Mi mente arde cuando se acerca a la suya, y comprendo en seguida que no es humano, o no del todo: está hecho de signos que no conozco, lenguajes que no osaría hablar, abismos que ningún hombre miró antes sin perder del todo la cordura. Me llama, de alguna forma me convoca, me mira horriblemente –sin ojos, sin luz-, me susurra al oído de manera impía, y entonces todo quema tanto que salgo despedido de él, aturdido, aterrado. Pese a mi confusión puedo percibir otras presencias menores arremolinándose ahora en la sala, corrientes espectrales de aire venidas de ninguna parte, que se dedican a destruirlo todo, como gremlins traviesos, tirando cuadros, rompiendo jarrones, quebrando los cristales de las vitrinas ante el pánico de los invitados. Entonces, todo se detiene. La luz vuelve, poco a poco, como si las sombras se fueran por un sumidero invisible. Lo primero que alcanzo a ver es Edgar, sorprendido en un gesto extraño, como el pase que ejecuta un hipnotizador para hacer volver a la realidad a su víctima. Enseguida recobra la compostura, el porte imperturbable. Pero me mira intensamente. Como mira el asesino a un testigo.
Entonces, oigo el grito. Es la actriz, de nuevo, y todos miramos donde ella. Entre los añicos de tantas cosas, objetos únicos que decoraban la sala y ahora la llenan de escombros, yace en el suelo un cuerpo inanimado. Antes de saber de quién se trata –mi mirada velada aún por algún jirón de sombra- noto un peso caliente en mi mano. Entonces todo es una sola cosa, un único movimiento admirablemente sincronizado, un macabro ballet a cámara lenta que comienza con las miradas de los invitados confluyendo en el cadáver de Doris Lovelock -el gesto exangüe, los ojos abiertos de par en par, la herida abierta en el pecho- y siguiendo el rastro de la sangre hasta llegar a mis pies, para ascender desde ahí con horror sobre el húmedo surco rojo que empapa mi ropa y mis manos, que gotea desde el cuchillo-reliquia que sostienen temblorosas, ajenas…
Entonces, entre mi estupor y los gritos de las mujeres, sólo puedo musitar:
Alistaire… ¿qué has hecho?

jueves, 6 de diciembre de 2007

Acheronta - cinco

Como escriba de Lord Painsworth debo levantar acta de todo lo que aquí se diga. Sin embargo, no he pasado aún de la sentencia inicial de Virgilio, pronunciada correctamente por el buen viejo Philbys. La traducción de ese canadiense huraño, Le Travelleux o como diablos se llame, es sin embargo errática, cuando menos. “Si no obtengo respuesta de los dioses celestiales, acudiré a los del Infierno”, así es como decían siempre los ahora mudos labios de Lord Painsworth. No puede pedirse más al eremita Le Tremendeux, bastante ha tenido con salir de su retiro brasileño para acudir a mi reino, a la Isla de Redonda. Es un tipo tratable a pesar de su cultivada hosquedad, ayer tuvo a bien autografiar para mí varias de sus primeras ediciones, tan cotizadas desde su supuesta muerte (no sólo mercadeo con sus obras, leí algunas y son de factura notable; pero su apellido francés se escurre siempre de mi mente sajona). Todo lo contrario que la arpía Doris, que bajo su fachada de pulcritud oxoniense esconde un corazón corrupto y azabache. La muy estúpida es incapaz de reconocerme, no lo hizo cuando entré al servicio de su mentor ni debo permitir que lo haga jamás. Cierto es que mi rostro se ha demudado con el paso de los años y las ambiciones (ni siquiera Painsworth vio en él a aquel estudiante de ánimo determinado con quien trabó temprana amistad), muy lejos queda del que ella adorase durante nuestro idilio de juventud, cuando yo era simplemente Terence Ian Fytton Armstrong. El grupo de Sands acabó disolviéndose, desde el cielo cayó la furia nazi sobre Inglaterra, y entretanto me fui convirtiendo en cazador de libros y albacea de ilustres y adinerados escritores. Primero entablé amistad con Dylan Thomas y Arthur Machen, luego a través de este último entré al servicio de M.P. Shiel, quien generosamente me nombró heredero del exiguo y antillano Reino de Redonda. Más tarde al de Lord Painsworth, una vez que su anterior abogado muriese en unas circunstancias extrañas y escabrosas en las que, naturalmente, no tomé parte. Painsworth necesitaba un lugar lo más recóndito posible para ocultar sus hallazgos e intenciones, de forma que le vendí la mansión y la isla pero no el regio título (lo único de auténtico valor, y sólo simbólico, pues Redonda está anexionada a la Corona británica y todo litigio por su propiedad es en vano, cosa que soslayé debidamente en el trámite). No acepté suma alguna a cambio, me bastaba con ganarme la absoluta confianza del Sire. Lord Painsworth me trató desde el inicio como a un hijo, tal vez por la similitud de ambos apellidos, el suyo y el que adopté tras la guerra y con el que firmo mis escasos libros de poemas (John Gawsworth, y en ocasiones Juan I, King of Redonda). Admito que fui tomándole cariño al Lord (tampoco tuve nada que ver en su reciente fallecimiento, desde luego) y participé de sus anhelos por traer al mundo el poder de Shiva, dios de la muerte. Me topé no mucho después con la artera Doris, y la supuse un fantasma que mi inocente pasado enviaba para atormentarme. Antes al contrario, y a su pesar, la llegada de Doris Lovelock sirvió para abrirme los velados ojos: observé de cerca cómo se dedicaba a emponzoñar la mente y el espíritu de Painsworth, y eso generó en mí tal rencor que desde entonces empeño todas mis fuerzas en frustrar su propósito de hacerse con el maldito Ojo brahmánico.

Pero me distraigo en ajustar cuentas mentales y no atiendo a mi labor de amanuense. Todos piensan que mi figura no es menos decorativa que la de Philbys, se equivocan de medio a medio. Quien más me preocupa es Edgar. Allí está, al fondo de la gran sala, siempre entre las sombras, bajo un enorme cuervo disecado que más bien parece estar subido sobre su hombro izquierdo, a la manera de los filibusteros que recorrían antaño estas costas. Puede ser mi mejor aliado o quien termine de provocar el incendio y con él la hecatombe, su ánimo tan voluble. Me distraigo de nuevo. Ahora Doris dará lectura a la carta que ella supone favorecedora de sus terribles intereses, la sorpresa va a ser mayúscula cuando compruebe lo contrario. El diamante debe ser destruido.


Continúa: Klyendhar

lunes, 3 de diciembre de 2007

Acheronta - cuatro


Doris

Lo siento muy cerca: El zumbido en los oídos, el calor en mi cabeza, los breves mareos; todo indica que lo que espero no anda muy lejos, que alguno de estos horribles invitados lo ha traído a la reunión.

¿Dónde estarás en estos momentos, Alistaire Painsworth? Es imposible que tu alma, capaz de comerciar con los dioses del cielo y del abismo pueda desaparecer sin más. Ninguno de estos extravagantes conspiradores sabe nada de tí. Pensarán que eras un diletante con ínfulas de aventurero, un filonazi o incluso un pervertido por tus costumbres sexuales heterodoxas. Todos estarán muy lejos de comprender si quiera lo que yo apenas pude intuir.

Recuerdo la tarde que te conocí. Era un día soleado del verano de 1924 en Oxford. Por entonces, yo estaba comprometida con un brillante pero soporífero estudiante de literatura inglesa hijo de un crítico de arte. Me enojaba que prefiriese tomar el té y conversar sobre temas eruditos a mi compañía. Aquel día de domingo quedamos para hacer un picnic con un grupo de amigos de Londres entre los que figuraba el mentalista Oliver Sands. Fue Sands quien nos presentó. Más que tu aspecto de joven dios griego, lo que me impactó fue tu mirada penetrante, que destilaba voluntad. Un escalofrío parecido al que siento en determinados lugares de poder recorrió mi cuerpo. No caí en el error de Rita, que se enamoró perdidamente de tí, aunque tus indumentarias, tus gestos y tu sentido del humor desvelaran claramente tu homosexualidad.

En aquel primer encuentro comprendí que eras uno de los míos, que bajo tus facciones angulosas y tu mirada helada había una mente que llegaba mucho más allá que la del hombre medio. Estuviste durante un año frecuentando el grupo de Sands, y por lo tanto a mi prometido, pero el entorno estudiantil no calzaba con el hombre de acción que eras y tras meses de disfrute de algo parecido a la amistad dejaste de frecuentar Oxford.

Sería trece años después cuando volví a encontrarte en un ambiente muy distinto, con la presencia de Sands como único elemento en común. Fue en una reunión de la Sociedad Teosófica de Londres, en la que yo participaba activamente como psíquica. Habías cambiado considerablemente: nada quedaba de tu cuerpo esbelto, ni de tus trajes estridentes, ni de tu amaneramiento. Habías desarrollado una figura atlética y vestías un traje negro elegante pero sobrio, oculto bajo un voluminoso abrigo de piel que te encuadraba claramente en la estética de los jerarcas del partido nacionalsocialista alemán. Tus movimientos ahora eran precisos pero viriles aunque la mirada cortante y eléctrica permanecía intacta.

Me contaste que habías desarrollado un gran interés por las reliquias religiosas, y que tenías la intención de ofrecer tu colección a la Sociedad Teosófica de Londes para el estudio, a cambio de información y ayuda para tus búsquedas. Tras aquella reunión comenzamos a quedar con frecuencia y fue entonces cuando empecé a desvelar lo que yacía tras aquellas formas tan poco agradables para mis gustos.

Parece que estoy leyendo en estos momentos los libros que me prestaste, sobre todo “La Mirada de las Mil Esferas”. Me entusiasmó la historia que contaba de los nueve artefactos sagrados más poderosos del Lejano Oriente, sobre todo lo referente al Ojo del Shiva Negro, un diamante al que se asociaba la capacidad de facilitar el contacto entre los brahmanes y a la deidad destructora del Trimurti. Llegaste a confesar que aquel era tu libro de cabecera y el de algunos de los hombres más poderosos de Alemania; tenías la intención de remover lo que fuera necesario para hallar antes que ellos tales maravillas. Tu determinación era tal que si para lograrlo tenías que pasar por ser uno de los suyos lo harías sin inmutarte. Considerabas que en aquella búsqueda compartida con los locos de Hitler estaba en juego el destino de la humanidad, quizás incluso la venida del mismo Ragnarok.

La Segunda Guerra Mundial fue brutal conmigo. En los bombardeos de Londres perdí a mi hija Annie, y caí en una depresión de la que tardé más de tres años en salir. Me cerré al mundo y abandoné mis inquietudes esotéricas. Llegué a pensar que quizás Dios me había castigado por asomarme al Abismo.

En julio de 1949 recibí una llamada en mi casa de verano que nunca hubiese esperado. Eras tú, seguías vivo y más activo que nunca. Deseabas verte conmigo y hablar de los viejos intereses comunes.

Me invitaste a tu nueva residencia de Londres, una pequeña casa victoriana en Trafalgar Square. Salió a recibirme tu mayordomo, un hombre de mediana edad y modales delicados llamado Philbys. Cuando entré en tu salón puede comprobar que de nuevo te habías transformado: ahora lucías un traje en tela de tweed al estilo clásico de los gentlemen. Te habías dejado en bigote y la perilla y utilizabas gafas de miope para leer. Aquel día charlamos sobre una miríada de temas, pero eludimos hablar de lo que nos había unido en tiempos pasados: la búsqueda de poder y conocimiento oculto. Tuve que esperar otras tres visitas para que me condujeras a la buhardilla del edificio para mostrarme algo que, según tú, sólo yo estaba preparada para ver. Los segundos de subida por las escaleras fueron eternos. La puerta de la habitación a la que nos dirigíamos estaba guardada por seis cerrojos. Una vez dentro, me llevaste hacia un baúl. Lo abriste y de su interior sacaste una estatua de Buda con una esmeralda en la frente. Una ola de calor recorrió todo mi torso y tuve la impresión de que tres formas luminosas surgieron de las sombras para integrarse en el artefacto. Era el Siddartha del Valle Suave, una de las nueve reliquias de las que hablaba “La Mirada…”. Más tarde me explicaste que tenías siete residencias más repartidas por el mundo y comprendí que en cada una de ellas guardabas otro artefacto.

- ¿Y el noveno?- Te pregunté sin miramientos.
- Está a salvo para que incluso ni tú ni yo podamos acceder a su poder. Algo así en nuestras manos no sólo nos destruiría personalmente, sino que llevaría a la humanidad al desastre.

En seguida llegué a la conclusión de que tenía que tratarse del Ojo.

Los años siguientes fueron enormemente provechosos para ambos. Me reintegré a las actividades de un nuevo grupo, escindido de la antigua Sociedad Teosófica de Londres, en el que trabajabas activamente. Viajé a tus otras residencias y tuve tiempo para estudiar detenidamente y comprender cada uno de aquellos objetos prodigiosos.

Pero ahora parece que tu partida ha acabado. O quizás no.

¿Dónde estarás en estos momentos, Alistaire? ¿Ahora que repiten aquel lema de Virgilio que determinó el curso de tu vida?

Philbys me llama por mi nombre:

- Señora Doris Lovelock, en el comienzo del testamento hay una cláusula que se refiere a usted. El mismo Lord Painsworth deseaba que fuera usted quien realizase la lectura de una carta autógrafa dirigida a todos los asistentes. Aquí la tiene…


Continúa: Agustín Lozano

jueves, 29 de noviembre de 2007

Acheronta - tres


No tengo nada claro que fue lo que me impulsó a traducir en voz alta los vocablos latinos. El caso es que todas las miradas parecieron converger sobre mí, y entonces deseé más que nunca volver a mi tundra helada, a la soledad de mi cabaña y la desolación de mis recuerdos. Todo el mundo allá me cree muerto, y hacen bien. El cadáver que encontraron en 1941 no era el mío, evidentemente. Una descongelación rápida tras cinco meses bajo el lago hace desaparecer los rasgos de cualquiera.

Recuerdo cómo Painsworth llegó agotado a los pies de mi cabaña, arrastrando las negras botas por la nieve. Quizá fuera el invierno de 1930, y no puedo negar que su recia cara fuera para mí la mejor fuente de inspiración para el Mr. Winter de En los Muros de la Niebla. Su mayordomo, Phylbis, no abrió la boca en las escasas tres horas que permanecieron conmigo. Hoy, con la mirada perdida en los papeles del testamento, parece tener aún menos ganas de hablar.

Painsworth se quitó los guantes con parsimonia aristocrática para calentarse las manos en la chimenea y me dijo que venía a pedirme un favor. Yo le contesté que quién coño le había hablado de mí. La verdad es que yo no estaba para zarandajas, nunca he sido muy sociable y menos desde la muerte en el hielo de toda mi familia. La sangre india que corre por mis venas por causa de mi madre me hace recelar de los hombres blancos ricos.

Se giró y me miró con sus ojos profundamente azules. Me dijo que las cosas iban a cambiar en breve, en todo el mundo, y que me necesitaba. Yo le volví a decir que por qué a mí. Me contestó que yo vivía en el lugar más inhóspito y dejado de la mano de Dios de todo el Canadá y que tendría que guardar, que esconder, algo. El maldito hijo de puta sabía lo que hacía, sabía perfectamente que yo no me negaría. Dijo que tenía amigos en los periódicos, en especial en La Matine du Québec. Me indicó que en breve aparecería un concurso literario. Nunca le pregunté como sabía de mis ínfulas de escritor. Todavía no sé como lo supo, aunque sospecho de mi librero.

Hizo una señal al mayordomo, el cual sacó una pequeño arcón de madera con las iniciales PW. A una seña suya lo abrí, y me encontré con un diamante tan grande como un huevo de paloma. Painsworth lo miró, como recordando otros tiempos, suspiró y me dijo que el día que muriera me avisarían para devolver el pedrusco. Luego se dispuso a marcharse. Unas reminiscencias de hospitalidad india me indujeron a hacerle a mi vez un regalo: Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, libro que no llegué a leer, ni antes ni después de entregárselo.

Después llegaron el éxito, el dinero, mi propia muerte –simulada- para escapar de la cabaña del lago por culpa de los nazis en 1941. Buscaban el diamante, estoy seguro. El cabrón de mi biógrafo, Mr. Vulture, también. He vivido, con el dinero que rentaban mis libros, en Québec, en Nueva York y en Río de Janeiro. Allí me llegó la carta de Philbys:

“Ms. Jean-Yves LeTrauxelle

Rua Sa Ferreira, 45

Río de Janeiro, 22071-100

Brasil

Septiembre de 195..

Estimado Mr. LeTrauxelle, Mr. Painsworth ha fallecido esta mañana. Le esperamos en la isla. En el box 13454 de la estafeta de correos encontrará los billetes y las instrucciones. No olvide traer lo que sabe.”

Y aquí estoy, con mi mano encima de la bolsa negra del diamante y todas estas miradas horribles encima de mí mismo, mientras los ecos de mi traducción latina se pierden en las reverberaciones de la habitación.


Continúa. Javier Benítez

Acheronta – dos


Edgar

Extractos de la cartas de Edgar K. Hoffmann, dirigidas durante el otoño de 195.... a Johann H Wolf desde la Isla de ..... Fueron remitidas a una dirección (1) de Alemania donde actualmente sólo se encuentran las ruinas de una casa solariega y se hallaron los restos de una antigua estatua de piedra (2).

“Añorado Johann:
Odio la vanidad de los diarios. Si he de elegir de entre los géneros literarios que tienden a enfangarse en las miserias del yo, escojo el epistolar. Por eso te escribo, aunque sepa que estás muerto. Tú, sin embargo, dejaste de escribirme, en la creencia de que yo había enloquecido. El incidente de Katowice (3) me debilitó, pero no hasta ese fúnebre extremo . Katowice es hoy una inmensa alucinación negra, el agujero que deja una experiencia borrada de la memoria a golpe de nocturnos terrores: no veo nada donde sé que algo permanece a la espera....”
*
“He sido invitado a la lectura del testamento de Lord Painsworth. Intuyo por qué estoy aquí, entre este galante grupo de invitados. Llevamos en la isla dos días, y me va venciendo el tedio. Conocí a Painsworth en una época de su vida que, de estar vivo, no querría recordar. Me presentaron al Lord aventurero en Munich, en el 38. Deseaba hacer negocios con los nacionalsocialistas, venderles materiales de construcción a bajo precio. Yo era entonces asesor de Albert Speer, futuro arquitecto del Reich. “El hombre de la arena”, me llamaban, por mis conocimientos de ingeniería industrial. Después de Katowice nada fue lo mismo para mí ni para los nazis. Painsworth supo arrimarse al que entonces era el más fuerte y yo le ayudé. Aunque este episodio no figurará en su biografía oficial. Conozco cosas que el gran benefactor de las artes no querría que –ni aun muerto- fuesen divulgadas”.
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“Esta tarde, tras un paseo a caballo, al entrar en la gran sala de juntas donde fuimos convocados, percibí una figura negra en un espejo de gastado azogue. En ese momento algún imbécil entre los invitados exclamó con acento dramático una frase en latín. Sin volver la vista en busca de la fuente de tal erudición (aquel Virgilio de nuestra juventud arrasada), me plante frente al espejo y el espejo, suele ocurrir, me devolvió la mirada: más delgado que entonces; embutido en un sobrio traje negro absurdamente caro; la mitad izquierda de mi rostro marcado por los tigres de Acheronta –ya sabes, las bestias que habitan las fosas comunes-; la postura de mi cuerpo algo quebrada (debo a mi cojera este perfil de rama rota, compensada gratamente por el bastón de caoba y empuñadura de plata que descansa ahora sobre la cama); y lo que otros catalogan como sonrisa maliciosa en mi cara y no es más que un leve rictus ingobernable asociado a la tensión de las cicatrices: así me verías, mi difunto amigo Wolf, avejentado y canoso pero repleto de melancólica fortaleza...”
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“El dolor de mi astillado fémur envía señales que prefiero ignorar o atribuir al paseo a caballo que esta tarde, en las luces del ocaso, he disfrutado por los páramos y acantilados que rodean la casa. Los nombres propios no son elecciones paternas inocentes . Pueden marcar un destino. Me resulta difícil sustraerme, en tardes como hoy, al córvido influjo de mi predecesor: ¿cómo no ver reminiscencias de Usher en la imagen invertida de la casa sobre la superficie, amoratada en el crepúsculo, del estanque artificial que flanquea el ala oeste de la mansión?; ¿cómo no buscar una grieta ínfima en sus muros, entre las ventanas vacías?
Cualquier evocación se disipa al comprobar lo artificioso de la escena, la disimulada iluminación verdeazul entre los juncos, el chapoteo denso e indolente de las carpas chinas en la orilla, el falso lujo victoriano del templete junto al lago, los caminos bien trazados, el perfil doméstico de los arbustos. Pero sobre la dócil yegua, junto al borde de cantos rodados del estanque, pude oler un tenue tufo de descomposición y decadencia...”
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“La casa, con sus pretensiones de suntuosidad antigua, construida para albergar añejas familias y rancios abolengos, me produce una vaga nausea y un absoluto desdén. Painsworth gastó una fortuna en apariencias. A ti, anticuario exquisito, te desazonaría tal acúmulo de objetos sin sentido en sus salones, artilugios que mezclan lo valioso con las burdas imitaciones: panoplias con espadas toledanas (4), enormes globos terráqueos que esconden una bien nutrida colección de botellas, instrumentos musicales antiguos rebosando polvo, animales disecados de cuerpo entero y no menos polvorientos... Comprobarías escandalizado como se desparraman por las mesas viejos libros de indudable interés, incluso algún volumen incunable, dispuestos para solaz de las visitas, como si fuesen revistas de moda: El “Viaje subterráneo de Thomas Rent” en la edición de Huller; la impresión hecha por Castello del “Tratado de los Cielos y sus Criaturas”; o el libro ilustrado de Stretson “Sátiros Egibanos y del África Central”. Reconozco haber sustraído un “Vigiliae Mortuorum”, ejemplar gótico en cuarto de origen maguntino, para examinar sus láminas en la tranquilidad de mis habitaciones (5)”.
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“Ha sido una reunión extraña, estoy agotado. Buscaré entre mis pertenencias algún lenitivo que me induzca al sueño. Una mariposa de color ocre y pesado vuelo revolotea en torno a la lámpara de pie, junto a la mesa en la que escribo. Antes de confiarme a la noche y sus pesadillas, dejaré mi cámara dispuesta en el frío hogar de la chimenea o quizás sobre la ventana que da al estanque.

Tu amigo entre los vivos:

Edgar"

Notas
(1) Triebstrasse 38, Schwedt. Pomerania.
(2) El Guerrero de Hochlanden Escultura tallada en piedra arenisca de la cultura Hallstatt, de más 2500 años de antigüedad, actualmente en el Museo Arqueológico Nacional de Berlín.
(3) Nota del editor. Ver en Odradek 1: “Johann H Wolf. Primavera de 1945”
(4) Toledo. Ciudad española junto al Tajo, famosa por sus mazapanes, el temple de sus espadas y la laboriosidad de sus damasquinados. No confundir con las ciudades estadounidenses del mismo nombre en los estados de Ohio, Illinois, Oregon, Iowa y Washington.
(5) No hemos encontrado referencias bibliográficas fidedignas sobre la existencia de tales volúmenes. Podría tratarse de una broma privada o una clave oculta del autor.

martes, 27 de noviembre de 2007

Uno


Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo…

La frase gira y gira en mi recuerdo, entre una bruma de cosas indistinguibles y movedizas, el desfile de unas nubes en la ventanilla de un avión como sombras bailando en sueños, la isla que no aparece en los mapas recortándose de la nada en el mar de niebla sin puntos cardinales, la somnolencia del pequeño aeródromo donde un funcionario de color encallado en la colonia zanganeaba con rencor sobre los visados y los rostros, sellando unos y otros con su desprecio. Luego el desplazamiento en camioneta por un vergel de pastos cobrizos, que se transformaba a medida que subíamos en vegetación imposiblemente exuberante en estas latitudes hasta sugerir, ya en la falda de la montaña, un clima áspero y ventoso, aislado del resto de la isla por una barrera invisible. Por fin la mansión, acostada contra el acantilado; dejaré su descripción a alguien más dotado para ello, y me limitaré a decir que me trajo a la memoria los versos locos de cierto poeta maldito que soñó geografías inexistentes surcadas por arquitecturas “de ángulos no euclidianos”. Entonces el portón cerrándose tras nosotros, con un sonido solemne que marcaba el inicio o el fin de algo, dejándonos en una oscuridad que se iba aclarando sólo lenta, paulatinamente, entre miradas ansiosas y susurros llenos de expectación…

La oscuridad se despeja y toma la forma de Philbys, sus labios que apenas se han movido cerrándose imperceptiblemente tras el último vocablo latino. Han pasado dos días de confusa espera, paseos aturdidos por los límites de la propiedad, insólitas alianzas fraguadas a media voz en las sombras, entre los chapoteos de la piscina climatizada y el chirriar de los viejos muelles de algún catre indeterminado, siempre al fin del pasillo o al otro lado de la ventana. Dos días de incertidumbre, de irrealidad envenenando cada ánimo ensimismado, que se resuelven al fin en esta fría mañana que es el ahora de mi recuerdo, todos los invitados reunidos en torno a la larga mesa de la sala de juntas esperando la siguiente palabra del mayordomo de Lord Painsworth. Pero el mutismo de Philbys se prolonga, su gesto imperturbable, y empezamos a mirarnos unos a otros con nerviosismo mal disimulado. Allí estamos, una selección de personalidades del mundo del arte, el pensamiento, los negocios y el espectáculo, más alguna presencia anónima y difícil de explicar como la mía propia -la mayoría saben y toleran, yo fui el escriba de Lord Painsworth en sus últimos años de oscuridad, la mirada inocente que, como le gustaba decir, limpiara el mundo de sombras para sus ojos arruinados-. A mi izquierda una joven y frívola actriz abre los ojos desmesuradamente, mientras la boca se le desliza hacia abajo como a una niña que no sabe ocultar su curiosidad; a su lado, un afamado pintor surrealista fulmina la escena con mirada fáustica, quizá pesando colores y formas para una futura representación al óleo. Más allá se encoge de hombros tranquilamente el cineasta de sombras Edgar, la única figura que no parece superada por los hechos, que esboza una sonrisa maliciosamente divertida y parece rodearse de su propio aura de oscuridad. Hay más, todos tensos, ansiosos, cada uno con sus motivos y sospechas, todos pendientes de la lectura final del testamento de esa inasible personalidad que fue Lord Painsworth, escritor, pintor, escultor, implacable hombre de negocios, aventurero en sus años de juventud y quién sabe qué más cosas que eran susurradas siempre a su espalda, en los pocos rincones donde no llegaban sus oidos sobrenaturalmente aguzados.

Entonces, alguien más habla. Una voz se alza entre el coro expectante, y antes aún de girarme para averiguar de quién se trata, las palabras me arrancan un escalofrío:

"Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, moveré a los de los infiernos"...
(Próxima entrada: L.Malaletra)

viernes, 23 de noviembre de 2007

Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo

Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, moveré a los de los infiernos
(Virgilio)



No es mala cita para iniciar un relato