lunes, 28 de abril de 2008

El Agua de las Espadas VII


La mirada del Defensor decía a gritos cómo demonios sabes mi nombre. Pero en seguida sus ojos se cerraron bruscamente, empujados a medias por el miedo, a medias por la esperanza. Aunque nunca conoció a su padre – muerto en batalla junto al padre de Julius – su madre le contó muchas veces su ceremonia del himeneo. Ella, sacerdotisa del Meteorito como Némesis, vio al gallardo padre del Defensor, y supo. Las poderosas fuerzas de la naturaleza se hicieron primero pensamiento, luego runas y finalmente se condensaron en un nombre escondido. Luego le tocó a él la parte más difícil de la ceremonia.

El Defensor sintió que llegaba su momento. El zygornix los miró extrañado. La espada negra atravesó limpiamente el cuerpo de la vestal, que se desplomó sonriendo. No había tiempo que perder. El Defensor, desde entonces desposado, la besó en la hierba y bebió de su sangre. Luego la desvistió y le devolvió la vida con su semilla sagrada. La vestal fue recuperándose mientras sentía que un nuevo Defensor estaba en camino. Lo que no estaba tan claro es si quedaría algo que defender.

3 comentarios:

Agustín Lozano de la Cruz dijo...

Bravo!! qué buen giro a la trama... esto empieza a parecer un relato dark fantasy, oigo ecos de Moorcock y su Elric de Melniboné... y tu nueva entrega también tiene reminiscencias vampíricas, parece.

Es el turno del veterano Meleas.

Agustín Lozano de la Cruz dijo...

Voy a tener que dejarlo para la semana que viene, me voy de viaje esta tarde.

José L. Muñoz Expósito dijo...

No problem