lunes, 3 de diciembre de 2007

Acheronta - cuatro


Doris

Lo siento muy cerca: El zumbido en los oídos, el calor en mi cabeza, los breves mareos; todo indica que lo que espero no anda muy lejos, que alguno de estos horribles invitados lo ha traído a la reunión.

¿Dónde estarás en estos momentos, Alistaire Painsworth? Es imposible que tu alma, capaz de comerciar con los dioses del cielo y del abismo pueda desaparecer sin más. Ninguno de estos extravagantes conspiradores sabe nada de tí. Pensarán que eras un diletante con ínfulas de aventurero, un filonazi o incluso un pervertido por tus costumbres sexuales heterodoxas. Todos estarán muy lejos de comprender si quiera lo que yo apenas pude intuir.

Recuerdo la tarde que te conocí. Era un día soleado del verano de 1924 en Oxford. Por entonces, yo estaba comprometida con un brillante pero soporífero estudiante de literatura inglesa hijo de un crítico de arte. Me enojaba que prefiriese tomar el té y conversar sobre temas eruditos a mi compañía. Aquel día de domingo quedamos para hacer un picnic con un grupo de amigos de Londres entre los que figuraba el mentalista Oliver Sands. Fue Sands quien nos presentó. Más que tu aspecto de joven dios griego, lo que me impactó fue tu mirada penetrante, que destilaba voluntad. Un escalofrío parecido al que siento en determinados lugares de poder recorrió mi cuerpo. No caí en el error de Rita, que se enamoró perdidamente de tí, aunque tus indumentarias, tus gestos y tu sentido del humor desvelaran claramente tu homosexualidad.

En aquel primer encuentro comprendí que eras uno de los míos, que bajo tus facciones angulosas y tu mirada helada había una mente que llegaba mucho más allá que la del hombre medio. Estuviste durante un año frecuentando el grupo de Sands, y por lo tanto a mi prometido, pero el entorno estudiantil no calzaba con el hombre de acción que eras y tras meses de disfrute de algo parecido a la amistad dejaste de frecuentar Oxford.

Sería trece años después cuando volví a encontrarte en un ambiente muy distinto, con la presencia de Sands como único elemento en común. Fue en una reunión de la Sociedad Teosófica de Londres, en la que yo participaba activamente como psíquica. Habías cambiado considerablemente: nada quedaba de tu cuerpo esbelto, ni de tus trajes estridentes, ni de tu amaneramiento. Habías desarrollado una figura atlética y vestías un traje negro elegante pero sobrio, oculto bajo un voluminoso abrigo de piel que te encuadraba claramente en la estética de los jerarcas del partido nacionalsocialista alemán. Tus movimientos ahora eran precisos pero viriles aunque la mirada cortante y eléctrica permanecía intacta.

Me contaste que habías desarrollado un gran interés por las reliquias religiosas, y que tenías la intención de ofrecer tu colección a la Sociedad Teosófica de Londes para el estudio, a cambio de información y ayuda para tus búsquedas. Tras aquella reunión comenzamos a quedar con frecuencia y fue entonces cuando empecé a desvelar lo que yacía tras aquellas formas tan poco agradables para mis gustos.

Parece que estoy leyendo en estos momentos los libros que me prestaste, sobre todo “La Mirada de las Mil Esferas”. Me entusiasmó la historia que contaba de los nueve artefactos sagrados más poderosos del Lejano Oriente, sobre todo lo referente al Ojo del Shiva Negro, un diamante al que se asociaba la capacidad de facilitar el contacto entre los brahmanes y a la deidad destructora del Trimurti. Llegaste a confesar que aquel era tu libro de cabecera y el de algunos de los hombres más poderosos de Alemania; tenías la intención de remover lo que fuera necesario para hallar antes que ellos tales maravillas. Tu determinación era tal que si para lograrlo tenías que pasar por ser uno de los suyos lo harías sin inmutarte. Considerabas que en aquella búsqueda compartida con los locos de Hitler estaba en juego el destino de la humanidad, quizás incluso la venida del mismo Ragnarok.

La Segunda Guerra Mundial fue brutal conmigo. En los bombardeos de Londres perdí a mi hija Annie, y caí en una depresión de la que tardé más de tres años en salir. Me cerré al mundo y abandoné mis inquietudes esotéricas. Llegué a pensar que quizás Dios me había castigado por asomarme al Abismo.

En julio de 1949 recibí una llamada en mi casa de verano que nunca hubiese esperado. Eras tú, seguías vivo y más activo que nunca. Deseabas verte conmigo y hablar de los viejos intereses comunes.

Me invitaste a tu nueva residencia de Londres, una pequeña casa victoriana en Trafalgar Square. Salió a recibirme tu mayordomo, un hombre de mediana edad y modales delicados llamado Philbys. Cuando entré en tu salón puede comprobar que de nuevo te habías transformado: ahora lucías un traje en tela de tweed al estilo clásico de los gentlemen. Te habías dejado en bigote y la perilla y utilizabas gafas de miope para leer. Aquel día charlamos sobre una miríada de temas, pero eludimos hablar de lo que nos había unido en tiempos pasados: la búsqueda de poder y conocimiento oculto. Tuve que esperar otras tres visitas para que me condujeras a la buhardilla del edificio para mostrarme algo que, según tú, sólo yo estaba preparada para ver. Los segundos de subida por las escaleras fueron eternos. La puerta de la habitación a la que nos dirigíamos estaba guardada por seis cerrojos. Una vez dentro, me llevaste hacia un baúl. Lo abriste y de su interior sacaste una estatua de Buda con una esmeralda en la frente. Una ola de calor recorrió todo mi torso y tuve la impresión de que tres formas luminosas surgieron de las sombras para integrarse en el artefacto. Era el Siddartha del Valle Suave, una de las nueve reliquias de las que hablaba “La Mirada…”. Más tarde me explicaste que tenías siete residencias más repartidas por el mundo y comprendí que en cada una de ellas guardabas otro artefacto.

- ¿Y el noveno?- Te pregunté sin miramientos.
- Está a salvo para que incluso ni tú ni yo podamos acceder a su poder. Algo así en nuestras manos no sólo nos destruiría personalmente, sino que llevaría a la humanidad al desastre.

En seguida llegué a la conclusión de que tenía que tratarse del Ojo.

Los años siguientes fueron enormemente provechosos para ambos. Me reintegré a las actividades de un nuevo grupo, escindido de la antigua Sociedad Teosófica de Londres, en el que trabajabas activamente. Viajé a tus otras residencias y tuve tiempo para estudiar detenidamente y comprender cada uno de aquellos objetos prodigiosos.

Pero ahora parece que tu partida ha acabado. O quizás no.

¿Dónde estarás en estos momentos, Alistaire? ¿Ahora que repiten aquel lema de Virgilio que determinó el curso de tu vida?

Philbys me llama por mi nombre:

- Señora Doris Lovelock, en el comienzo del testamento hay una cláusula que se refiere a usted. El mismo Lord Painsworth deseaba que fuera usted quien realizase la lectura de una carta autógrafa dirigida a todos los asistentes. Aquí la tiene…


Continúa: Agustín Lozano

9 comentarios:

Julio Abelenda dijo...

Muy bien... Esto mejora a cada entrada. Lo mejor de ésta: se recoge un dato de la anterior (el pedrusco puesto a salvo por Painsworth en el infierno helado de Le Trauxelle) para levantar toda una subtrama (que puede aspirar a convertirse en La Trama). Otra cosa que me ha encantado: el final es una invitación, un guiño y un ofrecimiento, que pone en las manos del siguiente jugador una propuesta concreta, que él puede aceptar o rechazar hábilmente. Así quien recoge el guante (en este caso el señor Lozano) se siente retado, desafiado en un juego excitante.
La trama teosófica puede excitar más o menos la imaginación de cada cual, pero siempre hay la posibilidad de reinterpretarla (ese arcano volumen de "La mirada de las mil esferas": ¿no podría aludir a una de las formas de Nyarlathotep?). Lo importante es sugerir sin determinar demasiado, dejando aún mucho campo de juego.
Que pase el siguiente...

Julio Abelenda dijo...

Una cosa más: ahora sin prisa, molaría que buscaras una imagen alusiva para ilustrar tu entrega. Es una especie de norma no escrita, además de un placer añadido al juego. Demos gracias a Dios por Google imágenes, que permite búsquedas tan flexibles como "reflection of a woman in window" (basado en hechos reales).

P.D.: Apuesto a que Ozelui encontró la ilustración de su entrega poniendo algo así como "Footsteps in snowy background"...

Anónimo dijo...

Tu habilidad narrativa se pone una vez de manifiesto, javi. La presentación del personaje es impecable, además de excitante, y desvela detalles inquietantes sobre la biografía del fallecido Lord, apuntando hacia un posible y esotérico nexo en común entre todos los demás personajes.
Enhorabuena

José L. Muñoz Expósito dijo...

El giro esotérico es claro: cierra la trama y nos sumerge en un mundo interesante, que en contrapartida, puede hacer inviables otras temáticas.

Hablaba el otro día con algún compañero de batallas como éstas que las entradas están siendo largas y curradas.

Contra lo de curradas no tengo nada en contra (salvo que se tarde demasiado entre unas y otras). Respecto a lo de largas sí: cada vez lo son más. Yo esto, repito, sí que lo veo como un problema.

Propongo la autolimitación a un cierto número de palabras. ¿400? Discutamoslo, señores.

José L. Muñoz Expósito dijo...

A Julio: no. Mucho más prosaico, puse "tundra", y luego elegí.

L Malaletra dijo...

¿valen brebes entradas extemporáneas?
Por ejemplo: puede Edgar aparecer en tres lineas, insomne, mirar por la ventana....??

Julio Abelenda dijo...

Vale TODO. Esa es la única norma.
Así, además, lo hacemos más ágil.

Agustín Lozano de la Cruz dijo...

mejor lo dejamos como está, cada entrada a su debido tiempo y siguiendo el turno correspondiente, si no esto resultaría demasiado confuso. Además, hay que tener en cuenta la necesidad de tender nexos de unión entre unas entradas y otras: conviene que haya referencias de unos personajes a otros, por ejemplo, para dotar al asunto de cierta coherencia. Por ahora no se ha complicado mucho, pero a medida que crezca la historia será cada vez más necesario.

Yo también estoy porque sea divertido, pero el vale todo puede acabar con un batiburrillo de entradas y tramas y personajes. Me gustaría que cuando la historia concluya y la pueda leer alguien ajeno, tenga un mínimo de consistencia.

Julio Abelenda dijo...

A mí la legibilidad de la historia me la trae un poco al pairo, para mí lo más importante es que sea divertido. Añadir "breves entradas extemporáneas" se puede hacer siempre que no condicionen demasiado a los demás. Más que nada, para hacer crecer a cada personaje, el background de cada personaje.
Con habilidad, se puede. Mejor "cajón desastre" gozoso que mal relato legible por todos.