martes, 27 de noviembre de 2007

Uno


Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo…

La frase gira y gira en mi recuerdo, entre una bruma de cosas indistinguibles y movedizas, el desfile de unas nubes en la ventanilla de un avión como sombras bailando en sueños, la isla que no aparece en los mapas recortándose de la nada en el mar de niebla sin puntos cardinales, la somnolencia del pequeño aeródromo donde un funcionario de color encallado en la colonia zanganeaba con rencor sobre los visados y los rostros, sellando unos y otros con su desprecio. Luego el desplazamiento en camioneta por un vergel de pastos cobrizos, que se transformaba a medida que subíamos en vegetación imposiblemente exuberante en estas latitudes hasta sugerir, ya en la falda de la montaña, un clima áspero y ventoso, aislado del resto de la isla por una barrera invisible. Por fin la mansión, acostada contra el acantilado; dejaré su descripción a alguien más dotado para ello, y me limitaré a decir que me trajo a la memoria los versos locos de cierto poeta maldito que soñó geografías inexistentes surcadas por arquitecturas “de ángulos no euclidianos”. Entonces el portón cerrándose tras nosotros, con un sonido solemne que marcaba el inicio o el fin de algo, dejándonos en una oscuridad que se iba aclarando sólo lenta, paulatinamente, entre miradas ansiosas y susurros llenos de expectación…

La oscuridad se despeja y toma la forma de Philbys, sus labios que apenas se han movido cerrándose imperceptiblemente tras el último vocablo latino. Han pasado dos días de confusa espera, paseos aturdidos por los límites de la propiedad, insólitas alianzas fraguadas a media voz en las sombras, entre los chapoteos de la piscina climatizada y el chirriar de los viejos muelles de algún catre indeterminado, siempre al fin del pasillo o al otro lado de la ventana. Dos días de incertidumbre, de irrealidad envenenando cada ánimo ensimismado, que se resuelven al fin en esta fría mañana que es el ahora de mi recuerdo, todos los invitados reunidos en torno a la larga mesa de la sala de juntas esperando la siguiente palabra del mayordomo de Lord Painsworth. Pero el mutismo de Philbys se prolonga, su gesto imperturbable, y empezamos a mirarnos unos a otros con nerviosismo mal disimulado. Allí estamos, una selección de personalidades del mundo del arte, el pensamiento, los negocios y el espectáculo, más alguna presencia anónima y difícil de explicar como la mía propia -la mayoría saben y toleran, yo fui el escriba de Lord Painsworth en sus últimos años de oscuridad, la mirada inocente que, como le gustaba decir, limpiara el mundo de sombras para sus ojos arruinados-. A mi izquierda una joven y frívola actriz abre los ojos desmesuradamente, mientras la boca se le desliza hacia abajo como a una niña que no sabe ocultar su curiosidad; a su lado, un afamado pintor surrealista fulmina la escena con mirada fáustica, quizá pesando colores y formas para una futura representación al óleo. Más allá se encoge de hombros tranquilamente el cineasta de sombras Edgar, la única figura que no parece superada por los hechos, que esboza una sonrisa maliciosamente divertida y parece rodearse de su propio aura de oscuridad. Hay más, todos tensos, ansiosos, cada uno con sus motivos y sospechas, todos pendientes de la lectura final del testamento de esa inasible personalidad que fue Lord Painsworth, escritor, pintor, escultor, implacable hombre de negocios, aventurero en sus años de juventud y quién sabe qué más cosas que eran susurradas siempre a su espalda, en los pocos rincones donde no llegaban sus oidos sobrenaturalmente aguzados.

Entonces, alguien más habla. Una voz se alza entre el coro expectante, y antes aún de girarme para averiguar de quién se trata, las palabras me arrancan un escalofrío:

"Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, moveré a los de los infiernos"...
(Próxima entrada: L.Malaletra)

11 comentarios:

Rebis Dos Mil Siete dijo...

¡Por favor, seguid escribiendo! El relato comienza impecablemente, con una atmósfera enrarecida propia de una buena historia de horror cósmico. Y, siempre, con la maestría de este narrador en el exilio montevideano...
¡Qué pena que lo leamos tan de vez en cuando!

Julio Abelenda dijo...

Gracias, Javi. Quiero aclarar: designé a Malaletra porque él propuso la frase en cuestión. Pero si a él no le apetece, o algún otro tiene ganas de continuar, que lo haga. Podríamos utilizar los comentarios para esto, para que quien quiera dé un paso al frente y elija continuar la historia. Así nos quitamos la sensación de incomodidad, de vernos forzados (o forzar a alguien) a continuar a algo que no apetece. Lo propongo, como nueva regla del juego.

También propongo hacer juegos simultáneos, para no tener que esperar que "Brain Retarded" acabe su parte o que te vuelva a tocar un turno. Quizá juegos menores, dúos o tercetos, en apenas un par de movimientos. Si alguien tiene algo en mente, que le apetece más que continuar este relato (que de momento, obviamente, no tiene título) que lo cuelgue directamente.

Lo importante es jugar, no el juego.

José L. Muñoz Expósito dijo...

A mí me gusta el comienzo, incluso he elegido un personaje para hablar en primera persona. Pero si los que van antes que yo lo cogieran, no pasa nada, mejor, me obligareís a un tour de force que es lo que voy necesitando.

Esperando a L. Malaletra.

Rebis Dos Mil Siete dijo...

Yo prefiero el juego tal como está. Nos obliga a esforzarnos, nos saca de nuestras casillas predefinidas, nos hace improvisar. De todo modos, si alguien propone algo intersante y alternativo, habrá que pensárselo...

Anónimo dijo...

Una antigüa colonia, una mansión decadente, ese clima físico y psíquico enrarecido. Me encanta! Excelente comienzo, Julio.
Al igual que Javi abogo porque el juego se quede tal y como está, así es perfecto.
Si la persona designada para continuar no puede, que le pase el testigo a cualquier otro.
Una cosita con respecto a mi puño y letra, dirigido al que me vaya a pasar la patata ardiendo... Los domingos son mis días libres, cuando cuelgo el cartelito de cerrado al hemisferio derecho, agradecería que los encargos se efectuaran a finales de semana. Si no, no tendré más remedio que pasarle el turno a otro.

L Malaletra dijo...

JL: si tienes en mente algo, adelante; luego pásame el turno (o pásalo a quien lo desees). No tengo prisa y atravieso una semana complicada (acabo de llegar de un funeral).
Un matiz: creo que las entregas deberáin ser algo más breves ¿no?
Otra cosa: he enviado invitaciones que al parecer han sido aceptadas, pero no he visto comentarios de los invitados (Diego, Quintín, César...) ¿Algún problema?
Saludos

L Malaletra dijo...

Me olvidaba lo fundamental:
un movimiento de apertura magnífico.

Que nadie toque a EDGAR!!!

José L. Muñoz Expósito dijo...

Prefiero esperar, sólo he elegido un personaje. Tómate tu tiempo.

En lo de la brevedad estoy de acuerdo, quizás la primera, por aquello de la atmósfera, ha de ser más larga.

Si en dos días no tienes nada, avísame y hago el esfuerzo. Voy pensando en algo por si acaso.

Anónimo dijo...

Dejadme a mí la joven y frívola actriz, por fa. Y los muelles esos chirriantes del catre (uy, cómo suena esto). Sólo os diré que no es lo que parece.

Agustín Lozano de la Cruz dijo...

Julito, se diría que además de encadenar palabras ominosas sabes incluso construir un gran (inicio de) relato!! Tiene ecos de tu "Ciencias de la naturaleza" pero esta vez con una auténtica historia de por medio, lo cual se agradece.

Estoy impaciente por leer la continuación.

L Malaletra dijo...

Dadme 48 horas compañeros, estoy visitando a Edgar