jueves, 6 de diciembre de 2007

Acheronta - cinco

Como escriba de Lord Painsworth debo levantar acta de todo lo que aquí se diga. Sin embargo, no he pasado aún de la sentencia inicial de Virgilio, pronunciada correctamente por el buen viejo Philbys. La traducción de ese canadiense huraño, Le Travelleux o como diablos se llame, es sin embargo errática, cuando menos. “Si no obtengo respuesta de los dioses celestiales, acudiré a los del Infierno”, así es como decían siempre los ahora mudos labios de Lord Painsworth. No puede pedirse más al eremita Le Tremendeux, bastante ha tenido con salir de su retiro brasileño para acudir a mi reino, a la Isla de Redonda. Es un tipo tratable a pesar de su cultivada hosquedad, ayer tuvo a bien autografiar para mí varias de sus primeras ediciones, tan cotizadas desde su supuesta muerte (no sólo mercadeo con sus obras, leí algunas y son de factura notable; pero su apellido francés se escurre siempre de mi mente sajona). Todo lo contrario que la arpía Doris, que bajo su fachada de pulcritud oxoniense esconde un corazón corrupto y azabache. La muy estúpida es incapaz de reconocerme, no lo hizo cuando entré al servicio de su mentor ni debo permitir que lo haga jamás. Cierto es que mi rostro se ha demudado con el paso de los años y las ambiciones (ni siquiera Painsworth vio en él a aquel estudiante de ánimo determinado con quien trabó temprana amistad), muy lejos queda del que ella adorase durante nuestro idilio de juventud, cuando yo era simplemente Terence Ian Fytton Armstrong. El grupo de Sands acabó disolviéndose, desde el cielo cayó la furia nazi sobre Inglaterra, y entretanto me fui convirtiendo en cazador de libros y albacea de ilustres y adinerados escritores. Primero entablé amistad con Dylan Thomas y Arthur Machen, luego a través de este último entré al servicio de M.P. Shiel, quien generosamente me nombró heredero del exiguo y antillano Reino de Redonda. Más tarde al de Lord Painsworth, una vez que su anterior abogado muriese en unas circunstancias extrañas y escabrosas en las que, naturalmente, no tomé parte. Painsworth necesitaba un lugar lo más recóndito posible para ocultar sus hallazgos e intenciones, de forma que le vendí la mansión y la isla pero no el regio título (lo único de auténtico valor, y sólo simbólico, pues Redonda está anexionada a la Corona británica y todo litigio por su propiedad es en vano, cosa que soslayé debidamente en el trámite). No acepté suma alguna a cambio, me bastaba con ganarme la absoluta confianza del Sire. Lord Painsworth me trató desde el inicio como a un hijo, tal vez por la similitud de ambos apellidos, el suyo y el que adopté tras la guerra y con el que firmo mis escasos libros de poemas (John Gawsworth, y en ocasiones Juan I, King of Redonda). Admito que fui tomándole cariño al Lord (tampoco tuve nada que ver en su reciente fallecimiento, desde luego) y participé de sus anhelos por traer al mundo el poder de Shiva, dios de la muerte. Me topé no mucho después con la artera Doris, y la supuse un fantasma que mi inocente pasado enviaba para atormentarme. Antes al contrario, y a su pesar, la llegada de Doris Lovelock sirvió para abrirme los velados ojos: observé de cerca cómo se dedicaba a emponzoñar la mente y el espíritu de Painsworth, y eso generó en mí tal rencor que desde entonces empeño todas mis fuerzas en frustrar su propósito de hacerse con el maldito Ojo brahmánico.

Pero me distraigo en ajustar cuentas mentales y no atiendo a mi labor de amanuense. Todos piensan que mi figura no es menos decorativa que la de Philbys, se equivocan de medio a medio. Quien más me preocupa es Edgar. Allí está, al fondo de la gran sala, siempre entre las sombras, bajo un enorme cuervo disecado que más bien parece estar subido sobre su hombro izquierdo, a la manera de los filibusteros que recorrían antaño estas costas. Puede ser mi mejor aliado o quien termine de provocar el incendio y con él la hecatombe, su ánimo tan voluble. Me distraigo de nuevo. Ahora Doris dará lectura a la carta que ella supone favorecedora de sus terribles intereses, la sorpresa va a ser mayúscula cuando compruebe lo contrario. El diamante debe ser destruido.


Continúa: Klyendhar

9 comentarios:

Julio Abelenda dijo...

Agustín, te mataría.
- El personaje del escriba: a no ser que digas lo contrario, es el personaje con el que inicié el juego, ergo MI personaje. Espero que sea una confusión, y haya dos escribas. Si no, mataré a este personaje en cuanto me toque de nuevo.
- ¡¿El Reino de Redonda?! Qué manera de acercar el juego a tus intereses... Al principio leí con estupor, luego, tengo que admitirlo, aprecié la manera en que integras la mitología Mariana en la historia. All in all, está currado, me gusta la alusión a Machen y Shiel, y debo felicitarte por esto.
- ¿"El diamante debe ser destruido"? ¿Alguien ha leido El señor de los Anillos? ¿Cuánto son 400 dracmas?...
Me gusta tu entrega, aunque ya te digo, te mataría (lentamente). Consigues aludir a todos los personajes que han desfilado hasta el momento, integrarlos en una trama que se va enriqueciendo poco a poco. Reconozco que tu personaje del escriba es más interesante que cualquier cosa que yo tuviera en mente. En fin, quizá lo deje vivir... y descargue el hacha sobre algún otro invitado.

(Pista para los demás jugadores: buscad en Google "John Gawsworth")

Julio Abelenda dijo...

Pequeño detalle técnico: según dijo Klyendhar no se iba a poder encargar de momento de continuar la historia... Solicito la aparición del mentado heterónimo para confirmar o desmentir este extremo. En caso de que no pueda, ¿quién sigue?

Agustín Lozano de la Cruz dijo...

(risa maliciosa)

pues claro que es TU personaje, pero tambien mío y del resto, ¿o no se trataba de escribir un relato colectivo? En ninguna parte dijimos que cada cual tuviera un personaje intransferible. En realidad lo hice por seguir con la misma voz narrativa del principio, sobre todo pensando en dar algo de linealidad a la historia, luego confieso que se me fue de las manos jijiji (risa maliciosa again).

Espero que entierres el hacha de guerra y tengas piedad de Gawsworth.. creo que podemos (ambos) sacarle bastante partido al personaje.

En cuanto a Kly, si no puede que lo diga y ya decido a quién le toca darle a la tecla.

Anónimo dijo...

Lo siento, chicos, hasta febrero o marzo me es imposible hacerme cargo de la historia, ya os avisaré cuando pueda volver a entrar en juego.
Así que Agus, deberás decidir sabia y salomónicamente a quien le cedes el turno...
Me gusta el enfoque que le des a la trama; global e integradora, desvelando rasgos de los demás personajes y relacionándolos claramente con un interés común. Pero te has pasado un pelín con Doris, no? (jeje) Veremos si el Sr. F.J. Benítez recoge el guante...

Agustín Lozano de la Cruz dijo...

En ese caso sugiero que el mentado Sr. F.J. Benítez recoja el guante, más que nada para resolver el asunto de lectura de la carta de Painsworth y que no siga quedando en el aire.

Agustín Lozano de la Cruz dijo...

¿Hay alguien ahí?

¡Javi, manifiéstate!

Julio Abelenda dijo...

Si quereis, me encargo. Creo que me toca por "rotación natural" (otra norma no escrita?), y además tengo una idea para solventar de una buena vez la escena del testamento y seguir adelante (si no esto se nos muere). Ya estoy en ello, espero tenerlo terminado en breve.

Agustín Lozano de la Cruz dijo...

Por mí bien, además como ya sabes primero pensé en pasarte el turno a ti. Go ahead.

Rebis Dos Mil Siete dijo...

Mejor que se encargue Julio de continuar. He estado hasta ayer por la tarde de viaje y esta semana tengo mucho trabajo del doctorado por hacer.
¿Qué ocurre con K? ¿Dejaréis que se muera sólo dos semanas después de su creación?¡Venga, hombre, colgad aunque sea la reseña de un capítulo de una serie de televisión!