miércoles, 28 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas, XIV


Némesis llora, arrojada al frío suelo del anillo superior de la Ciudadela. Durante interminables minutos ha logrado contener la furia del Defensor, abrazando su pecho y maniatando su instinto con la fuerza de una condena. Hasta que el zygornix ha regresado de la batalla y la ha apartado con la delicadeza propia de una alada bestia de combate, que es ninguna. Némesis confunde el dolor en su tímpano derecho, lastimado por la caída, con el fragor de las máquinas de guerra y los gritos de los hombres abrasados por el oro derretido que cae de las almenas. Apenas se atreve a levantar la cabeza magullada para ver por última vez al Defensor, que cabalga hacia la muerte sin siquiera devolver la mirada.

¡Capitán, vuelve el dragón, y ahora lleva a un jinete!, grita el achelonio de vista más aguda, apostado en la improvisada atalaya de una enorme catapulta. El Regimiento de Meleas permanece en la retaguardia, desobedeciendo las órdenes de ataque frontal sobre el enemigo. Os lo dije, su empeño es acabar con el Rey, y para ello necesita del brazo de un Defensor. Así dice la Profecía, como también dice que sólo la muerte del último jinete abrirá las puertas de la Ciudadela.¡Es el momento de avanzar! Meleas conduce a sus hombres, a toda carrera, hacia la posición ocupada por el séquito real. El primer ataque del zygornix fue devastador, no tanto por las bajas causadas por sus garras y su fuego como por la monumental embestida que derribó la gigantesca torre de asedio. Sin ella, las tropas del Rey Acher poco pueden hacer para asaltar la Ciudadela, poco más que procurar el lento desgaste de los muros agujereados por catapultas. De las almenas no sólo cae el mortal oro alquímico, también los débiles soldados alcanzados por la lluvia de flechas y las bolas incendiarias de los atacantes.

Julius ruge y acumula fuego en sus entrañas. El Defensor sacia la sed de su espada negra. Cada estocada y cada zarpazo abren una brecha de cadáveres que enseguida se cierra con nuevos enemigos. Los cuatro mil parecen infinitos. Julius se eleva para esconderse entre las nubes. El Defensor sostiene ahora la lanza de caballería aún cubierta por la sangre del Sumo Consejero. El descenso es vertiginoso. La presión se acumula en las sienes del Defensor, pero nada puede distraerlo del golpe definitivo.

¡Nunca antes, sólo a mi señal, y volveremos a ser libres!, exclama el Capitán Meleas de Achelonia con la doble ballesta mirando al cielo. Sus hombres y él parecen ser los únicos que advierten la veloz trayectoria del dragón. Julius pasa sobre sus cabezas y la lanza del Defensor vuela hasta atravesar el pecho del confiado Rey Acher. Acto seguido, decenas de dardos acribillan a la guardia real y a los Consejeros. El proyectil disparado por Meleas, en cambio, encuentra diana en la espalda descubierta del Defensor.

sábado, 24 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas, XIII


Desde su más lejano recuerdo, el Defensor había soñado con dirigir el zygornyx a la batalla, en primera línea, con la espada negra heredada de sus antepasados segando cabezas enemigas. Así que resultaba desde luego muy frustrante observar la lucha desde las almenas, encadenado por su propio pueblo, bien para pagar por la ignominiosa muerte del emisario, bien por huir de la profecía, o bien por una mezcla aciaga de las dos cosas. Había dado permiso a Julius para volar hacia la carnicería con un simple ademán de su cabeza, pero pensó enseguida que era un error. ¿Qué pensaría los enemigos al ver volar un zygornix sin jinete? No se percató de que seguramente no importara: los extranjeros nunca había visto uno, ni montado ni sin montar. Tras unos minutos que le parecieron horas, Julius regresó, con sus colmillos llenos del agua de las espadas y sin daño aparente. El Defensor y su prolongación animal se miraron. El zygornix comenzó a morder con fiereza las cadenas. El Defensor no creyó entonces necesario inquirir acerca del desarrollo de la batalla. Noto su pecho inflamarse de ardor guerrero y la magia del Meteorito congregarse alrededor para convocar a los cuervos. A él le tocaba elegir qué cadáveres devorarían.

jueves, 22 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas XII


De vuelta al anillo superior de la Ciudadela, el Defensor es recibido por los vítores de la tropa. La mejor arenga ha resultado ser la cabeza del Sumo Consejero ensartada en su lanza de caballería. Los enviados del monarca pretendían negociar la rendición de la Ciudadela o, peor aún, su adhesión voluntaria al Reino Unificado de Acheronta. Némesis y Julius son los únicos que no celebran la decapitación del títere del Rey Acher. La vestal porque sabe que la batalla es inminente y se cierra así el círculo del destino sobre su esposo. El zygornix resopla por sus gigantescos ollares, y recuerda que el padre de su actual jinete jamás hubiera deshonrado a la Ciudadela ajusticiando a un emisario sin mediar combate.

lunes, 19 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas XI


El rechinar de los colmillos de Julius podía tomarse tanto como un signo de impaciencia como una mera burla. El Defensor pasaba revista a sus tropas, un puñado de hombres que había vivido demasiado o demasiado poco. Producía una sensación extraña el observar aquellos zarrapastrosos bajo la perenne sombra de las estatuas de sus antepasados. La diosa Degeneración acampaba en la Ciudadela. El Defensor se encogió de hombros y se dispuso a la arenga. Cuando inflaba los pulmones para que su voz sonara fiera y veraz quedó paralizado por la sorpresa; alguien llamaba golpeando con fuerza las puertas negras.

martes, 13 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas X


El capitán Meleas de Achelonia finge limpiar su doble ballesta mientras no quita ojo al muchacho, encadenado a la base de la mayor torre de asedio que jamás ha conocido el mundo septentrional, tan alta que desafía a los propios dioses. Torik siente un desgarro en el estómago, un dolor intenso pero muy diferente al que soportara con estoicismo horas antes en manos del verdugo real. Alza la vista hasta distinguir un punto lejano sobre su cabeza, un punto móvil que a esa altura no puede ser más que Julius. Le parece imposible, pero está convencido de que allá arriba en el cielo cada vez más ocre cabalga su querida hermana Némesis, su destino cumplido al fin. Meleas sigue en silencio la mirada del muchacho y, sin tiempo ni vanidad para felicitarse por su intuición y su astucia, se encamina raudo hacia el lugar donde acampan los leales, el regimiento de Hombres Libres de Achelonia.

miércoles, 7 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas IX


Némesis pensó que nada podría ser más emocionante que volver a la vida entre los brazos de un Defensor mientras en su seno surgía otro. Pero la naturaleza humana es voluble y olvida pronto; sus sensaciones eran casi tan intensas mientras volaba a la caída de la tarde por sobre los campos de oro, su propia melena dejando un rastro en el cielo, sus manos cerrando la cintura del Defensor, las piernas a horcajadas sobre Julius. Cuando sobrevolaron el campo enemigo, sintió en sus entrañas la llamada desesperada de su hermano. Tienen a Torik. Lo sé, contestó él. No puedo hacer nada. He de volver a la Ciudadela a pasar revista de las tropas acantonadas. Ella suspiró y dijo: debería haber supuesto que me ibas a pedir sacrificios aún mayores. Él apretó los dientes. Si algo le pasara a Torik… no me lo perdonaría. Pero el plan está en marcha. No todos los que vienen con el Rey son de su calaña. Es nuestra última esperanza.

martes, 6 de mayo de 2008

El Agua de las Espadas VIII


En la inmensa tienda que hace las veces de cuartel general, Meleas de Achelonia es el único que no celebra con una risotada la captura de un joven de la Ciudadela que intentaba prender fuego a los campos circundantes. Están tan desesperados que prefieren ver arder sus campos de oro si eso les concede una mínima posibilidad de debilitarnos frente al asedio que se avecina, afirma complacido el Sumo Consejero. Es ridículo, replica el mismo Rey Acher, deberían saber que el ataque no se prolongará tanto como para que los cuatro mil necesiten aprovisionamiento extra. Además, en el primer asalto a la Ciudadela muchos morirán, y hasta los más necios saben que nadie pasa hambre en compañía de los dioses. Nuevas risas saludan la ocurrencia del monarca. Meleas se ofrece para interrogar al detenido y sale de la tienda acompañado por dos guardias, que le llevan hasta el muchacho. Torik dice llamarse, y el orgullo de su voz quebrada por la tortura recuerda a Meleas los ímpetus de su propia juventud, cuando combatía por una Achelonia independiente, libre de los designios de un tirano. ¿Quién y por qué te ordenó quemar los campos de oro? Sólo el Gran Alquimista de la Ciudadela conoce la fórmula para transformar el trigo en metal precioso, a nosotros no nos sirve más que como alimento. Torik duda antes de responder: lo quemaremos todo antes de dejar que caiga en manos de los fanáticos. Meleas hace una seña al verdugo para que suavice el tormento. Eso es absurdo. Tus ojos me dicen que ocultas la auténtica respuesta, y que prefieres perderlos a traicionar a la Ciudadela. Nos llamas fanáticos, pero tu pueblo está dispuesto a morir por defender unas piedras milenarias y una magia que ya nadie recuerda. No tenéis reino ni rey, y vuestra tozudez es lo único que se interpone entre Acher y el dominio absoluto del mundo septentrional. Vendrás conmigo ahora, algo me dice que acabarás por serme útil en este día sangriento.